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viernes, 17 de julio de 2009

México para los mexicanos.

Desde antes de salir de vacaciones, me rondaba la cabeza la idea de realizar un viaje al interior del país. Finalmente mi elección fue la ciudad de Mérida en Yucatán, para de ahí, partir hacia otros lugares de interés en la Península.
Mis planes de viaje se desarrollaban en un contexto global de crisis económica, y la aparición de un nuevo virus de influenza (cuyo manejo o probada existencia no trataré en este momento) que trajo consigo un terror psicológico en ciertos sectores de la población.
Posteriormente, la etapa más álgida de la epidemia había pasado (o al menos, eso era lo que decían los medios).

El veinticinco de mayo, desperté quizás a las nueve o diez de la mañana, no recuerdo bien; y cuando me disponía a sintonizar un programa de TV, noté que en lugar de eso, estaba a cuadro el señor Felipe Calderón Hinojosa dando un discurso con aires de optimismo; detrás suyo, un montón de figuras públicas atentas y confiadas en las palabras de Calderón. (Parecía algo así como un comercial donde todo es bonito, todos felices, todos echándole ganas... si fuera anuncio de Oceánica sólo faltaba que dijeran: "¡ánimo!" al tiempo que alzaban todos, sus manos entrelazadas; era algo patético.)
La verdad no presté más atención y cambié el canal. En la noche me enteré que todo ese asunto, había sido parte de la la nueva e "¿ingeniosa?" campaña por parte del gobierno federal: Vive México. Cuyo objetivo era impulsar un sector que había quedado muy golpeado por la epidemia de influenza: el turístico. (1)
Finalmente, con Vive México o sin ella, yo tenía ya establecidos mis planes de viajar.

En los preparativos para el viaje, hubo algo que llamó fuertemente mi atención: el hecho que de la Ciudad de México a Mérida, para trasladarse vía terrestre, sólo sea posible hacerlo mediante la línea ADO. Sorprende que, bajo un gobierno que aplica medidas económicas neoliberales, con el fin engañoso de beneficiar a la población, tengamos un caso como este donde sólo se pueda adquirir el servicio con una sola compañía. ¿Dónde está la competencia que promueve el liberalismo para lograr mejores servicios a menores y justos costos? En fin, eso es algo que aun no entiendo.

En el transcurso de las dos semanas que duró mi visita por la Península de Yucatán, tuve la oportunidad de visitar varios lugares de los cuales espero poder tratar más a fondo, con posterioridad y sobre todo, bajo un contexto distinto, en este mismo espacio.
Por ahora centraré mi atención a un sitio en específico, de gran belleza: Tulum.

Mi estancia todo el tiempo fue en Mérida, por lo que ese día, me levante muy temprano para poder abordar el camión de cinco de la mañana que me llevaría a Tulum, y cuyo boleto conseguí por ciento cuarenta y ocho pesos en la línea ADO (aclaro, no era camión de lujo). Mi objetivo era visitar el sitio arqueológico de Tulum y posteriormente el de Cobá (ubicado a unos sesenta kilómetros aproximadamente). El trayecto tuvo una duración de poco más de cinco horas, en las que en algunas de ellas, me dediqué a mirar el verde y salvaje paisaje que jugaba con las luces del amanecer y tiempo después con el azul del cielo. Pero la belleza natural contrastaba a veces con poblaciones en situación de pobreza, habitando viviendas de materiales muy rústicos y con condiciones insalubres.

Al llegar a Tulum, lo que llamó más mi atención fue que la mayoría del turismo era extranjero. Me dirigí hacia un módulo de información turística, donde dos mujeres de sonrisa amable me recibieron con un “¡hi!”, a lo que conteste con un “buenas… quiero saber cómo me voy pa´las ruinas”; de igual modo me dijeron como ir, pero la costumbre de saludar al turista en inglés, respondía a que evidentemente la mayoría de las personas que visitaba el lugar, no eran mexicanas.
Me indicaron que debía abordar unas camionetas colectivas que me dejarían cerca del sitio arqueológico, me subí y pagué doce pesos (aproximadamente un dólar, por si alguien que no sea mexicano está siguiendo esta lectura); no pasaron quizás ni cinco minutos para llegar a la entrada del sitio arqueológico, me enteré que había pagado doce pesos por un traslado de a lo mucho tres kilómetros, me bajé algo molesto pero no quise desanimarme.
De camino a la entrada del parque escuché un concierto de diversas lenguas, y vi desfilar ante mí todas las razas que jamás había visto en mi vida, incluso, los habitantes de la región, fáciles de distinguir por sus rasgos físicos (sí, ésos que muchas veces se les discrimina con comentarios del tipo “mira, ese indio ni ha de hablar bien el español”), parecían dominar no sólo el inglés, sino francés, alemán, italiano y hasta turco. Y muchos de ellos incluso hablaban lengua maya entre sí.
Aparentemente en ese pedacito de tierra, el castellano parecía no ser el amplio dominador; y en un diálogo interno y con cierto sarcasmo me preguntaba: “chale… ¿todavía estaré en México?”, al tiempo que en mi rostro se dibujaba una sonrisa que evidentemente sólo yo entendía su razón.
Seguí caminando y poco a poco aparecían los guías de turistas, que cobraban desde los cuatrocientos hasta los novecientos o hasta más, todo iba en función del número de personas y el idioma que hablaran los interesados en adquirir el servicio. En este punto, los precios elevados comenzaban a llamar mi atención.

Terminé de visitar el parque (del cual, como dije anteriormente, junto con todo lo demás bello que conocí, espero poder dedicar acá mismo su propio espacio, incluso con fotografías y algún video), era aproximadamente la una de la tarde y el último camión a Cobá se había ido, así mi visita a ese sitio quedaba cancelada. Mi entusiasmo poco a poco se convertía en desanimo. Mi última esperanza de ir a Cobá, se centraba en tomar un taxi que me llevara al sitio.
Tomé un descanso a las afueras del parque arqueológico, comí dos sándwiches que traía en mi mochila y bebí una de las dos botellas de agua que cargaba conmigo, el calor intenso lo ameritaba; mientras tanto, pude observar que unos trenes que daban el servicio de transporte de la carretera, a la mera entrada del sitio arqueológico tenían letreros acompañados de fotografías hermosas, de un sitio llamado Xel-Ha, obviamente la propaganda estaba en inglés.

Terminé mi voluntario receso, caminé unos metros y hallé otro módulo de información turística, al lado, un sitio de taxis con sus respectivos conductores a la espera de un turista deseoso de subir. Llegué al módulo, saludé, se dieron cuenta que yo era mexicano, amablemente pregunté: “oye disculpa, ya se fue el camión para Cobá, ¿no sale algún colectivo que me deje por ahí?”, su respuesta fue negativa, argumentó que sólo podía ir en taxi, “¿y cómo en cuanto me sale?”-agregué… me quedé frió: un taxista que se ofrecía a llevarme, pedía trescientos cincuenta pesos. La desilusión se hizo presente en mi rostro, no lo pude ocultar, di las gracias y sólo por curiosidad dije nuevamente al sujeto que atendía el módulo: “oye y qué onda… ¿qué es eso de Xel-Ha?”, respondió con una sonrisa irónica, a sabiendas que, si yo no podía pagar el taxi, mucho menos iba a poder pagar la entrada a Xel-Ha. Sin embargo me explico que Xel-Ha era un parque natural, donde había varias actividades a realizar, y que en ese módulo él vendía el boleto de entrada con un precio especial de novecientos ochenta pesos, su sonrisa burlona seguía en su cara quemada por el sol. Pregunté sobre otras actividades a realizar cerca de ahí, y me dijo que podía ir a los cenotes cercanos, pero que de igual manera había que pagar el transporte y la entrada éstos, y también era costosa. Nuevamente di las gracias y me fui, pero antes de eso pude notar que ahí seguía la sonrisa irónica, ahora combinada con miradas de complicidad con otros taxistas que estaban cercanos que también parecían burlarse de mi falta de dinero. Obviamente que con los extranjeros no eran así.
Me sentí triste, molesto y, justificadamente o no, discriminado en mi propio país.
Seguí caminando y mi molestia creció al tener que pagar en una tienda de por ahí, quince pesos por una miserable lata de refresco frío.

Era momento de reflexionar. No pasaban las dos de la tarde y no pensaba regresar a Mérida, pero con unos cien pesos disponibles (lo del boleto del regreso lo tenía apartado ya) no podía acceder a los atractivos turísticos propios de Tulum. Así mi decisión fue ir a la playa pública (¡vaya! algo gratuito al fin) ubicada a unos cuatro kilómetros del pueblo de Tulum, pero para llegar a éste, debía antes recorrer tres kilómetros; mi molestia influyó para que me decidiera a hacerlo caminando, no pensaba pagar otros doce pesos por un tramo tan corto.

Así pues, caminé tres kilómetros en medio de la carretera y bajo un sol que me agobiaba en demasía; pero mi orgullo y mi enojo parecían ser más grandes que el cansancio. Finalmente llegué al pueblo y en un Seven Eleven me abastecí de agua fría, aproveché para preguntar al empleado sobre cuánto tiempo era de ahí a la playa pública, dijo que una media hora a pie, pero lo hizo de pésima gana. Mi molestia aumentaba.
Tomé la carretera y comencé a caminar y a caminar, era como un camino largo que parecía jamás acabar, pasó la media hora y no se veía nada en proximidad ni delante mío ni detrás. Continué. El sol me desgastaba, me consumía; y las piernas y la mochila comenzaban a pesarme el doble; sólo me mantenía mi coraje y la idea de llegar a refrescarme a una hermosa playa. Los taxistas al verme disminuían su velocidad como esperando a que yo me subiera a alguno, no lo hice.
Tuvieron que pasar una hora y diez minutos desde mi salida del Seven Eleven para que llegara yo a la anhelada playa pública. Arena blanca y fina que se revolvía con las olas de un mar azul turquesa, en medio del ruido apaciguante propio del lugar con una poquísima afluencia de turistas, simplemente hermoso.
De inmediato me despoje de la ropa que para ese entonces me hacia prisionero, y me metí al tranquilo mar; no sé con precisión cuánto tiempo estuve ahí, pudo haber sido una o dos horas en ese estado de letargo reanimante. Recuperada, o más bien relajada mi mente, comencé a hacerme a la idea que debía caminar otra hora de regreso al pueblo. Traté de adaptarme rápido a esa situación, quería hacer el recorrido antes de que oscureciera.

A la salida de la playa, un taxi se detuvo ante mí sin que yo se lo solicitara, antes que el conductor dijera algo, moví la cabeza de un lado a otro indicando que no quería nada. Sin embargo amablemente el conductor se asomó y me preguntó mi destino, al saberlo dijo que cobraría cuarenta y cinco pesos. Me negué a abordar. Me preguntó que cuánto estaba dispuesto yo a pagar, y le respondí que unos treinta pesos. Accedió. Abordé el taxi.

El tipo regordete y de rasgos orientales, era eso amable que yo ya no esperaba encontrar en mi visita a Tulum. Comenzó a hacerme la plática y en una oportunidad dije: “… pues sí, fíjate que yo quería después de acá ir a Cobá, pero se me fue el camión y por ir en taxi ya me andaban cobrando trescientos cincuenta varos…”, con sonrisa alegre y sincera, a la vez un tanto sorprendido, contestó: “hijole, la verdad es que hay quien quiere abusar y está cobrando hasta más, o incluso hubieras encontrado quien le hubiera bajado al precio, como le hice yo ahorita… con eso de la influenza, a mitad de la temporada alta se nos fue todo el turismo, más o menos por estas fechas debería de empezar a llegar pero mira, tú ya lo viste –dijo alzando la voz- casi no hay gente… y nosotros tenemos que sacar, hay que acceder a bajar los precios… acá no hay nada, no hay industria de nada, todos vivimos del turismo y nos está yendo bien mal…”. De igual modo le argumenté que eso era comprensible, pero que también los precios para viajar en este momento son muy elevados en varios aspectos.
Todo esto sin contar que Yucatán es el segundo estado con mayor número de casos reportados de influenza, aclarando que el taxista afirma que la capital de la Península Yucateca (Campeche, Yucatán y Quintana Roo) es Mérida: “...ahí está todo, las industrias, la mayor cantidad de gente, el poder económico...".

Continuamos platicando sobre otros asuntos, hasta llegar a mi destino. No eran quizás ni las cuatro de la tarde y mi camión salía hasta las siete y media de la noche. Tulum no es colonial, más bien está hecho para la aventura y con poco dinero no se puede disfrutar al máximo de este lugar. Así que malgasté mi tiempo en un cyber, me perdí por algunas calles del pueblo y después me senté un rato en la plaza a tomar el aire fresco y mirar la gente pasar. Finalmente tomé el camión, no sin antes sorprenderme porque el precio era de casi doscientos pesos, más de lo que yo había pagado por trasladarme exactamente de Mérida a Tulum, pregunté la razón y me respondieron que había servicio de segunda pero que hacía de camino casi ocho horas. No discutí más, pagué el dinero. Algo así era de esperarse en una línea como ADO.

Ya en el camión, se empezó a cocinar en mi cabeza la idea de escribir en mi blog esta entrada.
De ese día en Tulum encontré muchas cosas criticables.

Lo primero que me viene a la mente: ¿a qué clase de persona sin razonamiento se le ocurre hacer una campaña cursi de promoción turística en el país, en medio de una crisis económica? Porque las ganas de conocer este hermoso país, ahí están, pero el dinero ¿de dónde se supone que lo va a sacar la gente? Porque más allá de los mareantes indicadores macroeconómicos que dan los medios, que la mayoría de la población no alcanza a comprender, las amas de casa sí saben y entienden a la perfección que el huevo, la carne y la leche, por ejemplo, ya no cuestan lo mismo de un tiempo para acá. Yo lo veo en mi casa, en mi familia, tenemos que racionar al máximo los alimentos. Aunque sea poco, pero nos queda algo para comer, pero también hay gente que con el aumento de precios, ese poco para comer ya es muy difícil de alcanzar.
¿Y así nos vienen a decir, que todo está bien, que somos bien luchones, que todo rosa y que a viajar se ha dicho?
Ahora me pongo a pensar: ¿una familia cualquiera de clase media, de unos cuatro integrantes, tiene posibilidades reales de algún día conocer digamos… Xel-Ha? Tomando en cuenta los (poco más, poco menos) mil pesos de entrada por persona, la transportación hasta el sitio ya sea aérea o terrestre, el hospedaje… ¿de verdad se puede? Y Xel- Ha, fue sólo un ejemplo, puede ser Holbox o no sé, algún otro sitio turístico de la Riviera Maya o del mismo Quintana Roo.
El ejemplo lo hice con una familia de clase media, ahora tomamos una familia de clase baja, alguna que viva en una de las casas como las que describí con anterioridad… ¿algún día podrán conocer todos esos lugares tan fantásticos que hay en la región, que tienen tan cerca, que podría decirse les pertenecen, en calidad de turistas, sin tener que servir al que viene de fuera? Porque acá en México el extranjero encuentra algo más que hospitalidad y buen servicio, encuentra servilismo, encuentra a hijos del tercer mundo, víctimas y esclavos del neoliberalismo a su disposición.

Mi crítica no es para los turistas extranjeros, que en su mayoría vienen amablemente a conocer y tienen un gran interés por nuestra cultura. Mi crítica es hacia el hecho que hace parecer que hay zonas hermosas del país que parecen reservadas para los ricos o para los extranjeros, que la mayoría de los mexicanos sólo conocerán por imágenes mentales generadas por una plática o por fotografías. Es triste que México tenga destinos fabulosos, de talla internacional, y que no estén al alcance de la mayoría de los mexicanos.

Por otra parte la gran derrama económica que genera el turismo en el sureste del país, no se ve reflejada en las condiciones de vida de muchos de los habitantes de dicha región. No porque la gente viva respetando a la naturaleza del lugar, significa que no puedan tener condiciones dignas de vida y desarrollo.
Como dijo el taxista, en esos poblados no existe otro tipo de industria importante y la gente que los habita, parece estar condenada a tener que pasar a formar parte de la mano de obra turística para poder ganarse la vida, sin otras opciones de desarrollo.
De ese lado del país, así ocurre. En el otro extremo, en Ciudad Juárez, ahí los jóvenes no están condenados a formar parte de la mano de obra de turística, sino de la maquila e incluso del narcotráfico. En una entrevista realizada por Proceso al alcalde de Juárez, Reyes Ferriz, sobre su análisis y soluciones de la ruptura del tejido social en ese municipio, se puede leer en una parte: “…Otro proyecto, del que no quiere dar todos los detalles hasta tenerlo amarrado, es acordar con fábricas maquiladoras que contraten a adolescentes de 13 a 16 años en actividades acordes a su edad, con el fin de que no engrosen las filas del crimen organizado...”. (2)

¿En qué momento se dejó de confiar en la educación para sacar adelante al país? ¿Por qué no en lugar de condenar a las generaciones a una actividad económica en específico, mejor satisfacer su demanda educativa y darles libertad de elección? ¿Por qué se dejó de seguir el modelo educativo vasconcelista que daba un importante lugar al humanismo formativo, para cambiarlo por una formación mayoritariamente técnica?

Retomando el tema del Sureste, donde los privilegios son para los extranjeros (no sólo turistas sino también empresarios que son dueños de los grandes proyectos hoteleros de la región), sumado con planes como la Iniciativa Mérida o el Proyecto Mesoamérica, antes Plan Puebla-Panamá (que por ahora parece imposible de llevar a su esplendor por la inestabilidad política que azota a la región), llevarán a México a un escenario donde mano de obra, riqueza turística y el potencial de la biodiversidad caerán descaradamente en manos del vecino del norte; y la soberanía sólo será una fantasía que existirá exclusivamente en la mente de los más idealistas. O quizá… ¿ese momento ya llegó?


(1) http://www.eluniversal.com.mx/notas/600153.html
(2) El modelo colombiano, Turati, M. Proceso no. 1705. p. 11.

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