La idea sobre la existencia del destino y de cuánta capacidad de influencia tenemos en él es algo que ha generado grandes debates para los profundos pensadores de la vida.
Para mí, un empresario venido a menos, el destino era algo totalmente inexistente; porque fui yo quien a conciencia pura se encargó de pasar de ser el lúcido estudiante de letras francesas a un mal intento de bussines man, dueño de un table dance de mala muerte en avenida Tláhuac: el Chidongongo.
Ayer me encontraba en el negocio, pasaban las nueve de la noche. Era una velada tan gris como las de todos los martes, cuatro microbuseros y dos oficinistas hacían el mayor escándalo posible y le combatían un poco a la atmósfera casi fúnebre propia del momento.
Por su parte, en la pista Wendy hacía la misma rutina de un modo tan apático que me causaba náuseas y deseos de cerrar el lugar para siempre justo en ese maldito momento.
Me daba repugnancia ser parte de aquel desabrido show y la depresión de apoco se fue apoderando de mí. Fui por una botella de whisky para luego encerrarme en mi oficina, que no era más que un pequeño y maloliente cuarto con escritorio y silla donde aprovechaba para emborracharme y tirarme a toda empleada que estuviera dispuesta.
Cerré la puerta, cerré los ojos, la botella hizo el resto. Tres vasos después unos fuertes toquidos me despertaron, era Ramón, gorilón del rumbo que desde hacía tres meses era el flamante jefe de seguridad del Chidongongo.
-Patrón, hay un borracho allá afuera. Está necio con que quiere entrar y por más que le decimos que no, no entiende. Ya se está poniendo agresivo y dudamos mucho que traiga para pagar. ¿Le damos una calentada o le llamamos al a patrulla y que se lo lleve?
Me quedé en trance mirando fijamente la botella de whisky. Luego comencé a pensar que entre el sujeto de allá afuera y yo no había gran diferencia: ambos somos tan sólo unos borrachos miserables. Podría ser que se invirtieran los papeles: él en mi lugar rodeado de toda esta mierda que tengo alrededor, y yo en el suyo, vagando por las calles y jodiendo a las personas.
A tan poco se resumía tanto...
-¿Patrón? Dígame qué hacemos.-interrumpió abruptamente Ramón.
-Espera, no le hagan nada. Quiero ver al tipo ese.-dije alzando la vista y con todas las intenciones de ponerme en pie.
-Entendido- contestó de mala gana mi empleado. Después salió de la oficina.
Dejé que se adelantara un poco, a decir verdad a mí también me da miedo su corpulencia y todos esos tatuajes en sus brazos y torso, en especial aquel en el que se lee: el barrio jamás olvida; todo ello aunado a la reputación que tenía, ganada a base de puños y sangre.
Al salir pude observar como dos de mis hombres tenían sujetado al borracho, uno en cada brazo, al tiempo que le amenazaban con que sólo aguardaban mi llegada para decidir qué harían con él.
-¡Ya suéltenlo!- exclamó seriamente Ramón.
Sus subordinados le respondieron con una mirada de sorpresa al tiempo que soltaron a la víctima. El hombre alcoholizado se quedó de bruces en el suelo, vestía camisa a cuadros canadiense llena de mugre por donde se le viera, acompañada de unos pantalones rotos de la entrepierna; a pesar de la distancia que manteníamos pude percibir su picante olor a sudor y orina y ron.
En cuanto pudo levantar la vista fue que logramos reconocernos, se trataba de Caifás, uno de mis mejores amigos en la juventud; nos gustaba soñar juntos. Era uno de esos izquierdistas radicales, artista; pintor de profesión. Hacía ya quince años que no sabía de él.
-¡Shut up everybody!- gritó a todos con el sarcasmo que siempre le caracterizó, luego se levantó y dirigió a mí.- Mira nada más que cabrón es el destino, mi querido Chito. No me digas que tú eres el mesías de estos perros, con el que me han estado amenazando todo este rato. Yo te hacía escribiendo tus novelas desde algún bistro en la Montparnasse, siempre te gustó jugar a que eras un refinado intelectual francesito.
Mis hombres observaban con asombro, casi boquiabiertos; no creían que el borracho me estuviese hablando así.
-No fue el destino, Caifás...- le dije con un tono de voz tímido.
-Claro que lo fue, el mismito que hoy me tiene aquí a las afueras de tu table, y que me ha salvado de que esta punta de culeros- señaló a cada uno de mis hombres- me pusieran la madriza de mi vida.
-Te digo que no, no fue el destino. Fueron el alcohol, las mujeres y los malos negocios. Sí- y en coordinación a las palabras que salían de mi boca, el pecho se me iba inflando y la columna irguiendo; era la seguridad que se me hacía presente paulatinamente- gracias a eso estoy aquí solo, entre humo, perros y putas.
-Me extraña encontrarte diciendo tantas pendejadas, la cosa no va por ahí.- Caifás hizo un silencio y se quedó nuevamente con la mirada perdida, pero a los pocos instantes volvió en sí y me miró con una sonrisa, como si esperara algo-. ¿Qué, no me vas a invitar a pasar? Tú eres el dueño, el guapo de aquí y mi gran amigo. Hoy quiero estar con la puta más fina que tengas, que primero se encuere sólo para mí y después haga todo lo que le pida.
En silencio accedí a la petición de Caifás, no quise romperle el corazón y decirle que la única teibolera en turno era la apática Wendy.
Le ofrecí mi mejor mesa y la botella de ron más cara que ofrecía la casa, luego nos pusimos a hablar de lo que había sido de nuestras vidas después de esos fugaces quince años.
Supo de mi desencanto por las letras, de cómo guardé en el closet las ganas de ser escritor y que tuve dos hijos con una mujer que nunca amé. Le conté también cómo me enrolé en el mundo de las empresas y del éxito económico que gocé durante dos años con un bar lounge que puse en la Condesa. A la vez le hice saber el por qué de mi debacle, de cómo la rutina me comió y fue que la pesadumbre del despertar me hizo abúlico. De ahí que sólo me quedaran sueños rotos y un pequeño departamento en División del Norte, con un colchón, una mesa, un tocadiscos, un mini-bar, una estufa, dos portarretratos y Ana; la mujer que me acompaña desde hace siete años y que se convirtió en el refugio de mi alma.
-Qué chido- murmuró Caifás con los ojos llenos de alegría.
-¿Chido?- respondí desencanto-. Te estoy hablando en serio...
-No, no, no.- agregó apurado- Lo digo por Ana, siempre resulta encantador...
-Ah, sí. Ana.- le interrumpí secamente para después hacer una breve pausa antecedida de un profundo suspiro-. Bueno, ahora cuéntame tú qué has hecho.
Caifás me relató cómo varios de sus camaradas traicionaron las ideas del entonces Partido Comunista, por lo que llegó un momento que se vio perseguido y amedrentado. Tenía que huir y la oportunidad perfecta era una maestría en Portugal, allá vivió un tiempo y le dio rienda suelta a sus pinceles y brochas. A la postre le dio por recorrer, únicamente acompañado de su mochila, el resto de Europa donde tuvo la oportunidad de codearse con extraordinarios pintores cuyos nombres me resultan estrafalarios e impronunciables.
Desde ahí se movilizó a Marruecos, fue en esa parte donde se detuvo más para contarme anécdotas que para ambos resultan graciosas. Con ese humor negro y extravagante que siempre tuvimos.
-Se vive bien pero la gente es muy extraña ahí. Hay demasiado que ver pero un gran problema: las mujeres no aflojan tan fácil- me confesó a manera de secreto, acercando su húmeda boca a mi oído; alejó la cara y soltó la carcajada.
Luego pasó a su cambio de rumbo, y con ello el doctorado en la Argentina, los amoríos en el Uruguay y la buena vida en Brasil. Dicho por él, su vida era como un tren a toda velocidad hasta la mañana aquella en Ipanema donde la policía lo detuvo por estar borracho, además le fue encontrada marihuana en sus bolsillos.
-Estaba bien pedo y con mi motita- dijo cínicamente entre risas, mientras le clavaba la vista al cuerpo desnudo de Wendy, que ya para esos momentos había dejado de bailar y sólo se limitaba a estar sentada en las piernas de Caifás.
Luego vino la extradición a México y los rencores que le guardaban algunos de sus ex-camaradas del Partido Comunista, ahora convertidos en correctos políticos, lo que se convirtió en un tiempo en la cárcel.
-Se la supieron cobrar, me guardaron cuatro años.- afirmó con voz apagada, el gesto burlón ya no estaba más en su rostro.- Tiene cinco meses que salí.
También me expuso que seguía locamente enamorado de Rocío, su gran amor a los diecisiete años; y que el alcohol continuaba como su más grande vicio.
Mientras tanto las manecillas del reloj daban vueltas y vueltas. Pasaba ya la medianoche.
Caifás me conocía bien y sabía que durante todo ese rato yo había estado inquieto, muy a pesar de que toda mi atención estaba en la plática que sosteníamos.
-Ya, dime que tienes.- preguntó mi amigo.
Me limité a guardar silencio, mirarle y mover la cabeza de lado a lado dando a entender una negativa.
-Es sobre lo que dije del destino, yo lo sé.- agregó-. Sé que está dibujado en el aire. Esto lo hablamos un montón de veces y cuando lo hicimos ninguno nos visualizábamos tal y como somos ahora.
-Nosotros lo hicimos así.
-Sí, pero queda esa parte sin explicar, eso es el destino.
-Sigo sin entender a que te refieres, Caifás.
Comprendimos que el inmundo Chidongongo era el lugar más inapropiado para retomar las viejas pláticas donde profundizábamos sobre la vida, así que acordamos dirigirnos al que fuera nuestro centro de reunión predilecto: la cantina Río de la Plata, en el centro de la ciudad.
Adelanté para dirigirme a mi automóvil. Caifás estaba embriagado y continuaba sentado en la silla más exclusiva de la pista, restregaba su cara contra las tetas plásticas de Wendy que le miraba con desprecio. Tuve que ir por él, tomarlo del brazo y subirle al coche.
En el camino no hablamos nada, otra vez puso la mirada perdida y mascullaba palabras que sólo él conocía, fragmentos de canciones quizás. Ya en Allende detuve el auto y bajé para hacer una llamada a Ana, le avisé que estaba bien, o al menos vivo, y que no me esperara despierta; besos en el teléfono y su habitual te amo. Después el automático torbellino de palabras (monosílabos en su mayoría) y cuando me di cuenta ya sólo quedaba el irritante bip bip que hacen los teléfonos cada que no termina una llamada. Pasé el breve trayecto de la cabina al auto intentando dar explicaciones metafísicas del por qué Ana me llamaba mi amor.
Abrí la puerta del copiloto, Caifás estaba quieto. Quise ayudarle pero no me lo permitió. Ingresamos a nuestro sitio predilecto, mesa para dos y Havana Club de tres cuartos. Caifás comenzó a buscar desesperadamente en el bolsillo de su camisa hasta que dio con la maltratada caja de Delicados, sacó uno y pidió fuego en la mesa de al lado.
-Ya me hacía falta mi delincuente, ¿qué no?- y de nuevo su estrambótica risa.
Inmediatamente después la mirada perdida de Caifás se tornó lúcida y dirigió hacia mí, su semblante se puso rígido.
-Voy a ir al grano, al hijo de puta ese lo conocí en la Escuela Nacional de Artes en mi primer día...
-¿De quién me hablas?- interrumpí.
-Gómez- respondió rápidamente.
-Sé muy bien cómo lo conociste- agregué con esa expresión de fastidio que se me sale cada que él se embriaga y platica las mismas necedades.
Estanislao Gómez: al igual que Caifás estudió pintura en la Escuela de Artes. Tipo sereno, de mirada intensa y barba rala; inteligentísimo por donde quiera que se le viera.
Gómez y Caifás coincidieron en el salón 174 el primer semestre de la carrera, y aunque ninguno lo dijo jamás al otro, desde ese momento la antipatía reciproca entre ambos fue evidente. Por azares del destino y para desgracia de los dos, tuvieron que trabajar juntos en un buen número de proyectos a lo largo de la licenciatura. Cuando Caifás ingresó al Círculo Marxista de la Escuela Nacional de Arte fue grande su sorpresa al encontrar que uno de los miembros más destacados era Gómez, que mostraba sus dotes como gran orador y una memoria perfecta capaz de citar con precisión largos párrafos de alguno de los cientos de libros que tenía leídos.
Caifás tomó el asunto con extrañeza y empezó a sospechar de una divina rivalidad personal.
-No lo entiendo, aparece siempre donde menos lo imagino, donde no tendría que estar.- me decía desesperado Caifás en el antaño, mientras fumaba uno de sus famosos delincuentes.
La cosa se acrecentó cuando, en concurso para una jugosa beca económica que ofrecía la Escuela Nacional de Arte, el gran ganador fue Estanislao Gómez. Marginado en el segundo lugar quedó Caifás, estuvo a nada de poder cubrir holgadamente sus peripecias por dinero.
Mi amigo quiso olvidar el hecho pero semanas después, mientras su obsesión por la imposible Rocío le llevó a investigar todo sobre su vida, dio con que Gómez había sostenido una relación de dos años durante la preparatoria con el desangrante amor platónico de Caifás.
- Carajo ¿va a estar ahí jodiéndome toda la vida? Lo odio. - me susurró alguna vez entre lágrimas, ron y mota.
De Gómez no tuve muchas noticias posteriores a eso, de lo último que me enteré fue que abiertamente se declaró homosexual y se trasladó a Europa por motivos que no me interesaron saber.
Retomando mi charla con Caifás en Río de la Plata, mi amigo seguía atento y un tanto exaltado; se quedó un rato con el pitillo pegado a la boca para luego expulsar el humo lentamente.
-Tendrá unos siete años que pasó. Estaba en Budapest con un amigo de Lisboa, me parece. Esa noche fumamos y bebimos hasta el cansancio y entre tanta exaltación nos dio por ir a buscar a unas putas para pasar la noche. Nos adentramos en un barrio con callecitas en las que se podían encontrar cafés de ésos que tienen mesas en las aceras y se prestan a la perfección para mirar la gente pasar. De a poco nos fuimos perdiendo entre la ciudad hasta dar con la irónica oscuridad que envuelven las luces rojas y verdes chillantes de neón, fue cuando descubrí que mi acompañante se había apartado de mi lado y yo llevaba rato sin saberlo; aun así me acerqué jarioso a las mujeres que se encontraban de pie esperando. Cortísimas faldas y exuberantes escotes, una de ellas tenía los ojos más hermosos siendo cómplices de la mirada más triste que he visto jamás.
Comencé a arrojar palabras en el viento, todas ellas en mi querida lengua castellana, con actitud retadora y en inverosímil espera de que alguna comprendiese; así pasaron los minutos, soportando sus miradas que más que desconcierto, irradiaban asco.
Enorme sorpresa me llevé al observar una figura acercándose: era alta y fornida, de tez morena y cabellos largos y negros.
Se hacía llamar Yazmín y mencionó que su origen era sudamericano. Haciéndose la boba me pregunto qué tanto buscaba ahí y al darle a conocer mis más que obvias intenciones, cuestionó sobre la cantidad de dinero que portaba; nunca terminé por entender bien la magnitud de la denominación del dinero en aquel lugar, por lo que sin chistar saqué de mi bolsillo un fajo de billetes, toda mi posesión en ese instante.
Ella, de manera huraña, me arrebató el papel moneda e hizo un fugaz conteo para después asegurarme que apenas era lo justo necesario para una noche de placer a su lado.
Tomó mi muñeca y anduvo conmigo por recónditos y sucios callejones de Budapest; el ambiente nebuloso y la soledad hicieron que me perdiera en mis enmarañadas imágenes mentales, para cuando tomé nuevamente cierta conciencia de la realidad , estaba ya desnudo y tendido sobre una cama con sábanas grises en el medio de una habitación alta y oscura.
Me separaba de la orilla de la cama una inmensa lejanía en cuyo final se podía divisar la ancha espalda de Yazmín alumbrada levemente por una luz de fuente exterior y misteriosa; de ella se descolgaba un largo y grueso brazo que con su silueta cortaba de tajo el negro en la alcoba.
A sus dedos rudos se aferraba un cigarro tan humeante y luminoso que me logró brindar un suave y necesario matiz entre lo vivido y lo alucinado.
En la quietud me perdí en un profundo suspiro de segundos que se convirtieron en minutos, al regresar estaba frente a mí su cuerpo sin ropa. Comencé a recorrerla con la mirada desde la parte superior, estaba ahí su tosca cara adornada con electrizante lipstick madreperla, sus pechos extraños y su vientre; aquella escultura se remataba con un miembro colgando del pubis.
En acto de desesperación aferré mis diez dedos de las manos a las sábanas, cual gato luchando por su vida. Me refugié en posición fetal y el sudor a goterones se hizo presente en centímetros estratégicos de mi piel. Un suspiro inmenso llenó mis pulmones y no sé de dónde me entró también la esperanza de la existencia de un hoyo negro debajo de la cama que me jalaría con fuerza hacia su centro para luego arrancarme los brazos, el torso y la cabeza; y después escupirme en el medio de la devoradora nada. Sin embargo me cansé de esperar y me vino la tranquilidad propia de cuando la realidad se presenta con cinismo.
Cerré los ojos y me extendí cuan largo soy sobre la cama, volví a perderme en el suspiro profundo de instantes atrás, reviví; pero el miembro baboso seguía frente a mis ojos.
Me levanté consternado y presto a querer huir pero tuve que tropezar con algo que se hallaba inerte en el piso. Tendido, traté de alzar la vista y al hacerlo, la masculina figura de Yazmín estaba mirándome inmóvil, aguardando para recordarme que yo no conocía mi ubicación y no tenía ya un solo centavo.
Poco a poco me vencí otra vez contra el suelo, ésta ocasión en acto voluntario y resignado. Mi cuerpo se iba acomodando bocabajo apoyando todo el peso en manos y rodillas, guardé la cabeza entre los brazos. Lenta y dolorosamente permití que mi humanidad fuera violada.
-¿Pero por qué dejaste que…?- le pregunté sin hallar en mí la sensación correcta propia del momento.
-Chito, el servicio ya me había costado demasiada plata y no iba a permitir que aquél se ganara el pan sin haberlo trabajado.
Me quedé mirándole en silencio, buscando aún en el archivero mental la emoción que me permitiese estar a la altura de la circunstancias; por ahí se asomaba la lástima pero a la par la extrañeza alzaba la mano para intentarle opacar, al tiempo que mis crueles deseos de reír hacían un obstinado esfuerzo por salir triunfantes.
Caifás dio un trago directo de la botella de ron y continúo con la misma solemnidad.
-Terminado el acto, su boca madreperla se abrió para decir: mira nada más que cabrón es el destino.
Le miré a los ojos para intentar esclarecer sus palabras y encontré una mirada seria y familiar. Era él, Gómez, Estanislao Gómez…
De mi carrera interna no hubo sentimiento victorioso, me sentí tan cansado internamente que sin desearlo me limité a preguntar cómo y qué habían hecho posibles aquellos bizarros sucesos.
-Dicho por el propio Gómez, resulta que entre rojillos conoció a un húngaro, un tal Zsolt, al parecer llegó de intercambio a México; lo cierto es que estaba adquiriendo popularidad entre algunos miembros del Círculo Marxista.
Zsolt convenció a Gómez de que se hicieran pareja y fuesen a vivir a aquel rebuscado país de Europa Oriental, allá tuvieron fuertes conflictos y el extranjero se encargó de dejar en la ruina total a Estanislao.
Mi enemigo íntimo, capturado por el orgullo feroz que le impedía volver cabizbajo a México, eligió quedarse allá y probar suerte del modo que fuera.- Caifás hizo pausa para fumar y disfrutar de cómo el humo salía de su nariz y boca.-
Respondido está el cómo, ahora voy con tu qué: sencillamente fue el destino.
Nuevamente sólo pudo aparecer mi típico gesto de no comprensión.
-Sí, mi destino aquella noche fue que ese cabrón me perforara el culo; tu destino hoy es que tomes este ron conmigo y que llegando a casa refugies tu alma en Ana.
Lo demás sólo pasa.
Y Caifás se levantó y se fue cantando.


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