Para Juan todas las mañanas consistían en una ansiada sorpresa, esta ocasión lo diferente fue que el sol no le despertó con sus rayos; por el contrario, las nubes ocultaban al astro rey mientras dejaban salir de sí un inocente chipi chipi, robándole luminosidad a la Ciudad de México. "A la gente le gusta encerrarse cuando el cielo nos regala gotitas, como si le debiera algo al que hace llover; eso sí, no paran de llenarnos los diarios con notas diciendo que el agua se va a terminar. No lo entiendo, el agua nos purifica y deberían aprovechar para salir y sentir toda esa humedad cayendo sobre el rostro. Son días tan místicos, tan hermosos. Y a nadie le hace mal llegar a casa mojado y después quitarse el frío con una humeante taza de café y una buena charla", decía Juan cada vez que llovía.
Se levantó con la rutina de siempre. Lo primero era revisar el calendario para tachar el día correspondiente, tenía una obsesión con la medición del tiempo que si no era descargada en el calendario, lo era con un extraño reloj de bolsillo que un día encontró por ahí tirado, de ésos que tienen una cadena atada y que ya pocos usan. Lo segundo era quedarse sentado un rato en la orilla de la cama y con los pies descalzos, gustaba de la sensación del cemento frío en sus plantas para luego pensar en la ruta cósmica (así llamada por él) que le esperaba ese día.
Posteriormente daba un beso a la foto de Luna y con ello venía la triunfal salida del lecho de descanso con dirección a la estufa, no sin antes darle los acostumbrados buenos días a sus gastados zapatos de piel.
Fiel a la costumbre echó dos huevos a freír en el sartén, llevaba años desayunando lo mismo; cuando le preguntaban si no se aburría respondía que sí: "debe ser aburridísimo desayunar lo mismo todos los días", afirmaba; pero agregaba que le bastaba imaginar que comía otra cosa para saciar su necesidad de cambio: "a veces me hago el rico y juego a que desayuno caviar y me basta y me lo creo, y hasta tomo el periódico como los grandes señores, como los que uno encuentra diario trabajando en los edificios la zona fashion de Reforma. Otras veces me conformo con pensar que desayuno tamales o enfrijoladas, como toda la gente que desde temprano hace fila allá afuera para tener el placer de iniciar el día con los manjares de Doña Rosy."
"Eso sí- aclaraba- el café con leche lo tomo diario y sin variación desde los trece años. El atreverme a iniciar el día con otra bebida me resulta una riesgosa aventura de la cual temo no salir vivo... o quedar más muerto, pues."
Ya instalado en la mesa, tomó uno de los periódicos viejos que tenía apilados junto a la puerta de entrada al cuarto en que vivía. Para él la actualidad era algo irrelevante y afirmaba que leer el periódico del día podía llevar a sus practicantes a una vertiginosa y envolvente locura. Decía que lo grave no era estar loco, sino no reconocerlo. Por ello la preferencia a leer diarios viejos, porque para Juan resultaba lo mismo: las noticias seguían siendo igual de malas y allá afuera los locos vertiginosos seguían sin reconocerse.
Terminó el proceso de despertar/desayunar y la valía de aquello radicaba en que era lo único que hacía igual todos los días, lo posterior era resultado de su instinto mezclado con la ruta cósmica: impredecible tanto para los metafísicos como para los probabilísticos matemáticos.
Fue entonces que se trasladó hacía su pequeño escritorio, de entre papeles con garabatos y notas sacó el cuadernillo en el cual escribía una novela. Lo miró pero no por mucho tiempo, metió las manos en su cabellera de rulos y echó otro vistazo al cuadernillo. "Hoy tampoco sale nada, carajo", dijo fastidiado. Cuando se dio cuenta estaba ya caminando apresuradamente y en círculos en aquel cuarto alquilado.
El consultar el calendario inmediatamente después de despertar le había permitido estar al tanto que al día siguiente era el cumpleaños de su hija, la idea le había robado el pensamiento durante el transcurso del incipiente día. Quiso, a parte, romper su racha maligna de dos semanas enteras sin poder añadirle algo nuevo a la novela. Se sentía agobiado y pensó que debía seguir buscando la respuesta afuera, entre la gente y bajo el tierno chipi chipi.
Se puso los pantalones, el gorro, la gabardina y los únicos zapatos que tenía (aun a sabiendas que la suela estaba ya rota y terminaría con los pies llenos si no de agua encharcada, sí de escupitajos o en el mejor caso lleno de los dos. Si pasaba lo tercero, se evitaba el tormentoso dilucidar sobre qué sería eso único que le mantenía los pies mojados; el conocer que era en parte agua y en parte escupitajo le permitía irse a la cama con al menos una certeza y conciliar el sueño acompañado de una tranquila sonrisa.) Salió de los edificios en Copilco, saludó a Doña Rosy y ella le contestó exactamente de la misma manera; como si Juan hubiera saludado a un espejo.
Tomó rumbo hacia el Metro, como no era hora pico tuvo la suerte de alcanzar un asiento. Le gustaba la forma en que contrastaban el naranja de los vagones con el verde chillante de los asientos; le parecía una divertida lucha entre dos fuerzas cuyo fin es ver quién captaba más la atención del ojo de los usuarios.
Se puso Juan a observar a toda esa gente de prisa, a los vendedores y a los niños curiosos. Le dio por bajarse en una estación sin siquiera fijarse cuál y luego se adentró en calles y avenidas. Fue a dar a la plancha del zócalo, corazón material del país, sal y pimienta de la ciudad. Estuvo un largo rato de pie y el cuadernillo de notas que guardaba dentro de la gabardina le quemaba el pecho, era como si tuviera vida propia y le ardiera para avisar que él también quería estar expuesto y apagarse con el chipi chipi. Juan sacó el cuadernillo acompañado de su inseparable compañera la pluma e hizo un par de anotaciones e igual número de rayones sin sentido. Continúo caminando y cruzó palabras con dos vagabundos, tres activistas, cuatro músicos, un plomero y una doña que trabajaba un carro de frituras; todos ellos una sinfonía de locos (pero de los que se reconocen como tales, nada grave).
Para cuando Juan hubo observado el reloj de bolsillo por kaésima ocasión, éste le indicó que pasaban las cuatro de la tarde. Guardó el cuadernillo y se movió hacia un teléfono de monedas para contactar con Dreso, un viejo (y cada día más nuevo) amigo; regordete y sofisticado contador, hermano del amor de su vida.
-Sí, diga.- contestó la voz al otro lado de la línea.
-Dreso, soy Juan. Necesito que nos veamos.
-¿Te urge mucho, flaquito?
-Sólo tal vez mañana ya no lo necesite, preferiría que fuera hoy.
-Está bien, en hora y media salgo del trabajo y échale otros quince minutos para que nos veamos donde siempre ¿Te late?
-Ya estás.
Dreso llegó siete minutos tarde a la pequeña cafetería de costumbre, a dos calles del Parque México. Juan esperaba ansioso en una mesa pasando el azucarero velozmente de mano a mano, descargaba la fuerza de sus dedos contra el cristal y luego lo arrojaba a la extremidad contraria, era un furioso vaivén que estaba a nada de salirse de control; si Dreso no hubiese llegado en ese preciso instante, estaríamos hablando ahora de una desgracia con el azucarero.
Se saludaron sin gestos de sorpresa, apenas Dreso se sentó pidió una taza de café; después el reclamo de toda la vida:
-Flaquito, flaquito. En las cafeterías se toma café, no té.
-Yo tomo café por las mañanas, con eso me basta ahora.
-Nada de eso, puedes tomarte un cafecito ahorita, se presta el día para...
-El té es para el resto del día- interrumpió Juan-, el café es para las mañanas... o para ocasiones especiales.
-¿Y cuál sería una ocasión especial?
-Qué se yo, el fin del mundo tal vez... El café no lo tomamos nosotros por voluntad, él pide ser tomado; es selectivo por naturaleza y muy meticuloso para elegir sus momentos de aparición. No sé si has notado cuando llegas a casa empapado y...
-¿Vas a sentarte a tomar café en el fin del mundo?- ahora el de la abrupta interrupción fue Dreso.
-Si me toca verlo, definitivamente sí. Qué placer.
El cotidiano reproche de Dreso se convirtió en discurso cuasi poético de Juan sobre la vitalidad del café hasta que alguno de los dos se dio cuenta que estaban ahí sentados no para eso, y la conversación se desinfló cual colorido globo aerostático. Hubo silencio y comenzaron de nuevo.
-¿Cómo va la chamba, flaquito?
-Va, supongo.
-¿La novela para cuándo?
-Era para hace dos meses.
-¿No la has entregado?
-Imposible con ésos, me dejaron la fecha abierta con tal de que se las entregue, aunque sólo me darán la mitad del dinero acordado.
-¿Pero qué paso?- preguntó Dreso consternado.
-Pasó que entregaba los avances y me los regresaban. Que eso no vendía, que trabajara más la psicología del personaje tal, que hiciera más atractivas sus características; que en tal parte aplicara envolvente suspenso, que la fluidez no estaba presente en...
-Flaquito, si tú eres un cabrón; por eso te recomendé en esa editorial. Ya ves que les mostré algunos de tus trabajos y les gustaron, les encargué mucho que te cuidaran. No puedo creer lo que me estás diciendo.
-No soy cabrón, Dreso; te gusta lo que hago y nada más. Allá no les gusta, y si no les gusta les regalo mi borrador y que lo terminen ellos a como les dé la gana, no lo soporto. Quieren respuestas donde no hay nada que explicar, o la respuesta es ésa: entenderlo de otro modo.Ahora el que necesita respuesta soy yo y a mi esas cosas antes no me preocupaban tanto. Llevo casi medio mes sin que se me ocurra algo, salgo a la calle, me fundo con la muchedumbre y nada; no encuentro la clave para terminar su novela, sí, su novela, porque dejó de ser mía desde que dijeron que le cambiara cosas que no pensé.
No sé, no sé...-y Juan se encogía de hombros con gesto de desesperación amarga- Sólo quiero terminar su novela y volver a lo de antes, a ser libre de nuevo.
-No sabes cuánto lamento escuchar eso; creí que te gustaría el trabajo.
-Y te agradezco la intención, Dreso, pero yo no puedo...
-No importa ya, flaquito- interrumpió Dreso con aire de decepción-. Se está haciendo tarde, mejor dime para qué soy bueno.
-Necesito que me prestes un poco de dinero.
-Uh, flaquito de mi corazón- Dreso exhaló profundamente y se llevó las manos a la cabeza, hundiendo los morenos dedos en la gelatinosa masa de cabello perfectamente peinado-. Te adoro pero ya no puedo, hice lo más por conseguirte el contrato con la editorial y ya lo demás fue cosa tuya, de veras, me es imposible.
-Por favor. No es para mí, es para tu sobrina. Mañana es su cumpleaños y tú sabes, los niños; anda con que quiere una muñeca, y se la merece. Ella no entiende ahora de lo que pasó entre Alejandra y yo, o si la novela vende o no.
Dreso miró a Juan con una sonrisa como de compasión, compasión que se hizo ternura segundos después; conocía a la perfección la nobleza de su cuñado y aunque no lo comprendía del todo, había algo en su locura que lo hacía admirarlo, desde el día que lo conoció en la secundaria casi veinticinco años atrás.
-Está bien, flaquito. Sabes que tu hija me mata y quiero suponer que no hago mal en ayudarte. Tengo quinientos disponibles en este momento, si quieres más vamos al banco, no tengo problema.
-No, para nada. Está perfecto, te lo agradezco.
-No es nada, flaquito. Sólo trata de no comentar nada con Ale. Por cierto, me llamó hace rato y le platiqué que vendría contigo, dijo que habías quedado en ir al rato a verlas y que te estaría esperando para cenar, si no, que le hables para cancelar.
-Sí, gracias. Saliendo de acá voy.
-No se diga más, flaquito. Te dejo lo de la cuenta y me paso a retirar, tengo demasiados quehaceres; sirve que también te apuras y a ver si alcanzas a Luna despierta.
Dreso se acomodó el saco, dio una palmada en la espalda a Juan y salió apurado del café. Subió al Ibiza rojo y se perdió dando vuelta en una esquina.
Juan pagó, y tal como se lo recomendó su cuñado se apresuró para estar antes de las nueve en casa de Alejandra.
A pesar de estar separados, Juan y Alejandra seguían enamorados uno del otro. Ella recordaba a diario cuando Juan iba a buscar a su hermano después del colegio. Por entonces Alejandra era todavía una niña pero sentía fascinación por esperar al amigo de su hermano una esquina antes de su casa, le gustaba verlo llegar cigarro en mano y zapatos viejos.
Pasaron algunos años y Alejandra entendió del amor cuando se supo enamorada de Juan. Juan descubrió el amor cuando tuvo a Alejandra en su cama cobijada solamente por su piel. Y sí, eso era amor, porque se llenaron el uno al otro a pesar de ser caminos divergentes.
De una de las tantas noches de pasión se engendró Luna, y ambos sabían que jamás podrían ser una familia como la mayoría. Alejandra tenía un brillante porvenir en la empresa de su papá, soñaba con Frankfurt. Juan tenía un brillante porvenir en el imaginario, soñaba con paisajes sin nombre.
Un día él llegó y le dijo que quería ser libre, pero no libre de ella ni de Luna, libre en su pensar y en su vivir, cualquier cosa que eso significara, le dio un beso tierno y se marchó; Alejandra se quedó con Luna.
Así fue que se amaron distinto, en la distancia, en la comprensión. Y ambos adoraban a Luna, porque para Alejandra, Luna era una parte de Juan, y amarla era amarlo. Para Juan sucedía lo mismo.
Dentro de todo, Juan las visitaba con frecuencia. La separacipón no influyó para que las miradas de cariño se esfumaran.
Esa noche Juan llegó a la casa y encontró a Alejandra terminando de preparar la cena, la saludó y de inmediato subió las escaleras para ver a Luna, que jugaba tranquila en su cuarto. La tomó entre sus brazos, le beso las manos, los ojos y la frente; la niña le pagaba con risas y miradas dulces.
-Ya mañana cumples siete, neta. Qué rápido se pasa el tiempo.
-Ahora sí ya soy grande, papi... Mmm ¿te digo algo?-dijo Luna con esa inocencia que a Juan volvía loco.
-Sí. ¿Qué pasa?
-Es de la muñeca que te dije que me regalaras, ya no la quiero.
-¿Y por qué no?- Juan frunció el ceño.
-Es que mami dice que tú haces libros y sabes mucho de libros, y el otro día la maestra nos dio un libro con cuentos y cosas bien padres...
-¿Y quieres ese libro o quieres que papi te haga un cuento así?
-No, papi, no. En el libro venía un elefante invisible y quiero que me consigas uno de ésos. Bueno, que sean dos porque si es sólo uno se va a aburrir y se sentirá solo; quiero que tenga a alguien más con quien jugar para cuando yo no esté.
-Yo mañana te iba a traer la muñeca.
-Ya no, papi. Por favor, di qué sí, di que los vas a conseguir, promételo.- Luna brincaba y le daba breves jalones a la gabardina de papá, con los ojos le tiraba rayos de ilusión.
Juan aceptó aun cuando sabía que el comprometerse a algo así era totalmente arriesgado. Salió de la habitación y comió el filete de pescado que le preparó Alejandra, le contestó las miradas de deseo y sin permanecer mucho tiempo se marchó de la casa con rumbo a su cuarto en Copilco. Llegó directo a tenderse en el colchón y, como pocas veces, no podía conciliar el sueño; la cosa no era para menos: tenía apenas unas cuantas horas para conseguir no uno, sino dos elefantes invisibles.
Su pensar dio batalla hasta que sin querer pegó pestaña, fueron pocas horas de algo que no se puede llamar descanso.
La sorpresa mañanera consistió en que afuera de su edificio mataron a un hombre cerca de las siete de la mañana, Juan escuchó los disparos y el bullicio que le siguió. Vino todo lo demás: antes de tomar el plumón para tachar el día en el calendario ya sabía que ese día era el especial, después las plantas en el piso y lo de la ruta cósimca, el beso a la foto de Luna, los buenos días a los zapatos viejos, los huevos fritos, el diario de dos meses atrás.
Salió rápido del cuarto, ni siquiera se detuvo a preguntar el chisme del occiso. Cada minuto que pasaba era fundamental para encontrar el regalo de su hija. Fue al metro, bajó en Eugenia y luego anduvo y anduvo. Se metió entre calles y callejones, preguntó a los transeúntes dónde podía conseguir los elefantes invisibles y nadie le supo decir, lo más que obtuvo fueron sonrisas. Continuó el andar hasta no saber su localización, se detuvo y le ganó la desesperanza: de los elefantes nada, y sí mucha gente indiferente que lo veían clavarse en las grietas de cemento, carcomido por la angustia, y recordaba los ojitos de Luna y se le salían las lágrimas.
Se levantó y profundizó en el enmarañado laberinto de asfalto hasta dar con un breve callejón donde halló una tienda de mascotas, se enjugó las lágrimas y entró.
-¿Elefantes invisibles? Déjeme preguntarle a la encargada.-dijo a Juan un muchacho detrás del mostrador.
Juan aguardó y aprovechó el tiempo para ver a una pequeña boa en exhibición, se acercó al cristal y su mente se hizo boa y le dieron ganas de tragarse al conejo del otro lado de la tienda.
-No, señor. Dice la encargada que no manejamos nada de elefantes desde hace dos años, lo lamento.
Juan abandonó abruptamente el estado boa y no pudo ocultar el gesto de tristeza, los ojos rojos. Quizá por la noticia que le dio el muchacho, quizá porque ya se figuraba con las fáuces bien abiertas deborándose al odioso conejo.
-No se ponga así. Mire, siga sobre el callejón y poco antes de llegar al fondo hay un bazar de cosas invisibles, tal vez ahí le puedan ayudar.
Juan salió de la tienda y siguió al pie de la letra las instrucciones del joven vendedor, y en efecto, en un vetusto zaguán que alguna vez fue verde dio con el bazar de cosas invisibles.
Había una gran variedad de objetos a la venta y a precios muy accesibles: el sonido de la lluvia por cinco pesos, la risa de los niños costaba una paleta; estaban cuatro de las siete notas musicales porque una misteriosa señora acababa de comprar fa, mi y re; en una mesa se encontraban juntas las promesas y en otra, de mayor área, se hallaban amontonados los pretextos; en un rincón había a la venta fotografías autografiadas de Dios junto a un molino de viento de Don Quijote. Lo más socorrido eran la sensación del primer amor y el calor con olor a guisado en la cocina de la abuela.
Juan estaba fascinado entre tantas cosas cuando le pareció ver a la venta un pequeño zeldirón y dos ángeles de la guarda. Pensó que sería probable encontrar al par de elefantes, para ahorrar tiempo se acercó al propietario del bazar, un hombre jorobado y de voz ronca, setenta años probablemente.
-Disculpe, me preguntaba si entre las mercancías de su bazar tendría un par de elefantes invisibles.
-¡De ninguna manera!-exclamó enojado el viejo-. ¿A caso sabe usted lo difícil que es tener semejantes mercancías en este lugar? Son sucios y testarudos, a parte tragan como... como... ¡elefantes!... Bueno, bueno, como sea jamás tendría algo así en mi negocio y le ruego no quite más mi tiempo.
Juan salió cabizbajo del bazar, había buscado todo el día y no encontró nada y el tiempo ya no le permitía otra cosa, el reloj de bolsillo le indicaba que la hora de ver a Luna estaba próxima.
¿Qué decirle a la niña? Pensó en faltar a la cita pero se le hizo un acto de imperdonable crueldad, Luna tendría decepción segura de la no obtención de los elefantes, no era prudente aderezarla con la ausencia de papi. Luego se le ocurrió inventar una conversación con Alejandra en la que se decidió que Luna era todavía muy pequeña como para hacerse de tal obsequio, pero tampoco era viable, él lo había prometido.
Si tan solo hubiera comprado un par de pretextos en el bazar... No había tiempo ya de pensar en eso, le faltaba una esquina para llegar a casa de Alejandra. Quiso dar pasos cortísimos y ver si así tardaba la eternidad en arribar, pero fue inútil, estaba ya frente al portón. Tocó el timbre e inmediatamente, como si fuera un reflejo propio de la casa, se escucharon los pasos acelerados de Luna que bajaba la escalera gritando "¡es papi, ya llegó! yo abro".
Juan quería cualquier cosa menos que Luna abriera el portón, no lo pudo detener.
-¡Papi, aquí estás!- y Luna le abrazo las piernas con toda la fuerza de su tierna edad.
Juan fue incapaz de contener las lágrimas, de ocultar el gesto de derrota.
-¿Y mi regalo, dónde está?
El padre pensó en explicarle las cosas, decirle que no consiguió el par de elefantes porque no hubo dónde, porque son sucios y testarudos, porque...
-¡Órale, están hermosos!- dijo Luna con una sonrisa tan expresiva de la cual su papá no tenía recuerdo similar.
-¿De qué hablas, nena?
-De los elefantes, papi. Son más bonitos de lo que pensé- Luna dio unos pasos hacía afuera de la casa y se quedo estática y boquiabierta mirando de arriba a abajo.
-¡Ah, sí!- respondió Juan severamente confundido, todavía intentando adecuarse al entorno inesperado- ¿Verdad, que lo son?
-Demasiado pero ¿por qué lloras, papi?
-Nada, nena. Es sólo que...- Juan hizo una pausa para pensar detenidamente sus palabras- de camino para acá venía con ellos y uno se atrasó, lo quise jalar y ya ves cómo son de traviesos, terminó tirándome y bueno, dolió un poco.
-Pero valió la pena, eres el mejor papá- y Luna le regaló una sonrisa amplia e incompleta, consecuencia de la reciénte caída de uno de sus incisivos inferiores, cosa natural en la infancia-; más que el papá de Sofi la del salón, su papá jamás le conseguiría algo así.
Fue entonces que Juan se quitó las lágrimas, dio un fuerte tallón a sus ojos, los abrió bien y sí, ahí estaban: dos parsimoniosos elefantes invisibles dándole la trompa a la mano de Luna, supuso que era su modo de decir hola.
Juan comprendió y horas después terminó de escribir la novela más hermosa que nunca nadie leyó.


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