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martes, 27 de abril de 2010

El gran mentiroso (ella te espera en París)

Ayer vino y estabas hecho una sopa, tiritabas de frío pero andabas de orgulloso; ella tan linda y radiante con el nene en brazos, se bajó apurada del taxi y vio el zaguán entreabierto, sabía que era tu hora de llegada. Detrás el castillo de valijas, pobre caballero, cargar tanto bajo la lluvia por una miserable propina. Tú no sabías si rabiar o reír, lo mismo la dejaste pasar; te sentaste en la sala, te importo poco enlodar los sillones nuevos, no sin antes hacer una escala al vestidor para cambiarte solo la camisa. El niño se echó a correr y te dio un gran abrazo, le besaste la frente y los ojos ¿quién no lo haría con tan adorable criatura? Ella se limitó a observar la escena del amoroso padre, se guardaba las ganas de llorar y por dentro le quemaba el deseo porque tus labios se apretujaran no contra la frente y los ojos del niño, sino contra los suyos.
Aquél estuvo telefoneándola constantemente pero ella se resistió a contestar, cuando menos lo imaginaron: aquél, afuera como energúmeno, golpeando el zaguán una y otra vez. Ahora tú te convertiste en el mudo testigo, parado en el garage y con la cara bien pegada a la cornisa de la puerta, la viste rechazar las manos de aquél, y manotear y bufar y gritar: "¡Fuiste un error, vete a la chingada!".
La camisa se te empapó de nuevo y nunca supiste si fueron las gotas o tus lagrimones. Entraron a la casa y el niño estaba hecho una roca, entonces te entró el espíritu de hechicero: cambiaste la varita por una pelota y así le diste vida al inanimado objeto. Ella al lado de ti, sin decir una palabra; el tiempo se detuvo alrededor de la esfera de polímero y las torpes manitas, cuando regresó, el peque estaba dormido ya en un sillón y ustedes seguían ahí, hombro a hombro, con los ojos clavados en el parquet y esa ausencia a punto de romperse, como la impersonal compañía de transporte público que da tanta tristeza pensar. Lo fuiste a dormir a su recamara y luego bajaste y hablaste con ella, como seguías confuso preferiste no empezar hasta servirte el Jack Daniels, para ella una copa de vino. Subieron a su lecho y te acostaste con ella, no sé cuantas veces susurró a tu oído tu nombre. Dejó el rastro de cada letra rozando tiernamente tus lóbulos, tibia se replegó en tu pecho, y tus hombros y su pelo se empaparon de la húmeda hojarasca de arrepentimiento; cara con cara y sin querer, el salado néctar les mojo las bocas y de a poco ese puro licor se diluyó para ver nacer un nuevo brebaje más dulce y más espeso, consecuencia de la suave y paulatina incursión de tu lengua en el acuario perfumado de uvas y maderas afrutadas, el acuario que se abría solo para ti con todo y sus filosos accidentes, los que implorabas tanto cuando tu soledad.
En una de ésas hiciste una pausa y fuiste por yerba, te dejaste arropar por el humo, el alcohol, sus besos y las caricias; reinventaste cada línea de sus yemas, cada hilo de sus pestañas, cada partícula de su aliento.
Le contaste la idea de vender el piso en París y ella te suplicó no lo hicieras, te dijo que ahora tendría de nuevo vida, te recordó los días nublados y las charlas en el bistró respirando el aire húmedo y oloroso, entrelazados de la mano y nada más una taza de café separándolos; supuso lo feliz que sería el niño corriendo libre por la Montparnasse, y más felices ustedes tomándole fotografías con un brillante globo atado a la muñeca. Ella te propuso largarse de inmediato y empezar otra vez allá, tú no supiste qué contestar so pretexto de un asunto de dinero conmigo, a ella no le importó y lo tomó como un sí acepto. Después de ver el amanecer recostada en tus piernas, ella se vistió, tomó al niño, las maletas, y se perdió de nuevo de tus pupilas: fue directo al aeropuerto a comprar el boleto para su nueva vida, esa que haría reconciliada a tu lado, por la que no podía esperar un segundo más y que emprendería solo si aceptabas alcanzarla después de arreglar el asunto de la plata.
Se marchó con las ropas, sus perfumes, las sábanas, el florero, los discos, la mesita de la abuela, tu hijo y tu promesa. Tú te quedaste tendido, con la cabeza hecha boomerang por la excesiva y viciosa ingesta de anoche. Le diste los últimos tragos a la botella y fumaste hasta terminar la yerba, pasaron las horas en ese inducido estado comatoso, te preguntaste en repetidas ocasiones si ya habría pasado un día desde que se fue, mejor lo diste por sentado; entonces te entró la duda si ya habría llegado a París y te enfureció la sola idea de que ella olvidara la llave del piso que guardaban en el ropero; te levantaste a corroborar y en efecto, ella no había olvidado nada: no estaba la llave, ni siquiera había ropero. Luego te echaste a llorar de alegría, a gritarle al cuarto vacío cuan feliz eras, si bien siempre supiste que nunca patearías el centro del mundo, sí podías patear esa cama de madera en el medio de la habitación sin nada, lanzarte cuantas veces desearas y rasgar el colchón con tu navaja suiza. Daba igual esa tu forma tan violenta de celebrar, porque en París te esperaba ella y una nueva cama caliente lo suficientemente breve para pasar las frías noches rozando su espalda, y con la anchura exacta para recibir al nene cuando las pesadillas en la noche.
Entre tanto gozo, y deshecho el colchón, te hiciste marcas en las piernas con la misma navaja, querías cicatrices con la fecha exacta del inicio de tu nueva vida, como no encontraste calendario la quisiste suponer; ahí estabas, en el batidillo de sangre y tragándote el dolor, trazando el veintitrés y luego el junio, ergo el año y debajo el nombre de ella, sobre tus muslos y con el filo por lápiz.
Así, en el medio de tanta felicidad, me telefoneaste para darme las buenas nuevas y anunciarme que finiquitarías la deuda. De inmediato acudí a tu casa, a tu imperio de ecos con la ventana que nunca supe cuándo rompiste; me recibiste a oscuras en tu alcoba, sentado en el suelo, con los ojos rojos y desnudo, cubierto solamente por la camisa que ataste a tu cintura a manera de toalla. Seguías llorando de alegría, hablamos de nada y me dijiste tenías una jaqueca terrible, fuiste al botiquín, regresaste y te advertí eso no curaría tu molestia, en todo caso un comprimido sería más que suficiente, después... después lo recordaste todo.
Fue mentira, hombre, solo enciende ya la luz y suelta ese frasco de lexotanils.

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