El sol de media tarde se encarga de iluminarla. Ubicada en aquel sitio entre los rincones cualesquiera de la ciudad donde en un instante quedan plasmados fragmentos de vidas que nos son ajenas; insólitas procedencias, rumbos desconocidos. Pedazos de aliento que al segundo siguiente ya no están y que se van sucediendo infinitamente.
La esquina de la calle S… con la Gran Avenida se muestra añeja y monumental, nadie se pregunta cuando apareció y no importa ya, pareciera que está ahí desde el mismo día que Dios separó las tierras de las aguas (aunque por alguna razón decepcionante sabemos que no fue así.).
Nuestra esquina luce más ordinaria que nunca, toca con precisión la parte más baja del vaivén del péndulo: el justo medio donde se halla la normalidad. Tal vez sea setiembre u octubre porque los rostros de la gente denotan los inicios de la aparición de la fría humedad que cala hasta los huesos, propia de la época.
En la escala de grises de la cotidianidad se alcanzan a vislumbrar vivos anaranjados oscuros, cadáveres secos y errantes de hojas.
Del bullicio provocado por el conjunto de almas concretas, se desprenden conversaciones que se pierden una entre las otras y se mezclan con el industrial sonido de los autos, con carcajadas, con el pitido de un silbato perdido, con música, con el sonar del viento arrancándole la vestiduras a los árboles y llevándoselas lejos; en fin, es el silencio que se calla y se transforma en una enajenada masa de ruidos de todos colores. Ondas sonoras que viajan y perturban el aire donde descansan las partículas picantes de olor de alcantarilla o de perfume fino o de saliva fresca.
Aplacado en una pared está el clochard de siempre con la mirada dispersa, que quién sabe por qué se ríe de las dos chicas que toman café en la terraza de la acera de enfrente y escuchan con vaga atención a los tres estudiantes de música afuera de la vieja tienda de sombreros, que con humildes instrumentos se encargan de interpretar el blues más melancólico, inspirado quizás por la vieja y el joven que pasaron instantes antes tomados de la mano y aprovechando ese rincón de la ciudad para no ocultar su clandestino amor; sin importarles las críticas que escucharon cínicamente pasos atrás de un pequeño grupo de parnas que bromeaban y esperaban a decidirse si entraban al pub de donde acababa de salir un solitario y decepcionado hombre que pensó viable suicidarse si tuviera el arma de fuego del policía que dirigía el tránsito, y a la vez miraba con sospecha a un sujeto que llevaba los hombros encogidos y caminaba con premura porque le había robado la cruz de oro a una monja que se había distraído mirando desde afuera del aparador de la vieja tienda de sombreros a un bebé de pizpiretísimos ojos que apuntaba su dedo hacia la mancha de forma graciosa dibujada en la blusa blanca de una de las chicas que tomaban café en la terraza…
jueves, 10 de septiembre de 2009
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