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lunes, 25 de enero de 2010

Sobre Combos para el despecho (y la fama)

Para mi amigo Poncho, ojalá un día lo lea y le guste.

A veces al despecho se le relaciona con el desamor, pero la aparición del primero no es necesariamente derivado del segundo. Y dentro de la confusión las personas pueden comenter cualquier infinidad de acciones para que al final paren un poco y se den cuenta que siguen en el punto del que partieron.
Estando en el autobús y luego de dieciocho horas de viaje de México-Mérida, me dio por pensar en ello y terminé sacando el cuaderno para escribir los Combos para el despecho (y la fama).

Recuerden: al que le guste, un abrazo. al que no, que se muera... ¡un aplausazo a la estupidez!

Con el sarcasmo de siempre. drián.

sábado, 23 de enero de 2010

Combos para el despecho (y la fama).

Combo héroe.

Elija el día más cotidiano posible. Si se le dificulta, coloque el dedo índice sobre un calendario grande (los que dan los marchantes, con los números abajo y alguna imagen en la parte superior funcionan bien), cierre los ojos y trace una Z con el dedo. Repita el dibujo tres veces y descanse el índice sobre el papel justo cuando haya concluido el último rasgo aéreo de la Z.
Esto no le asegurará elegir el día más cotidiano, pero sí que la posible equivocación no sea suya sino del azar.

Ahora bien, dos días antes del día seleccionado se consigue un emisor de melodías cualquiera; un banjo,un tocadiscos o un emepetrés funcionan bien. Reproduzca a José Alfredo Jiménez en cualquiera de sus formas y deje que el dolor le entre por los oídos y de apoco se le recorra al corazón y las venas.

El siguiente paso consiste en localizar a una persona involucrada en una de sus mal logradas relaciones amorosas, normalmente la última funciona adecuadamente; si tiene varias opciones y no se va por una, entonces tómelas todas.
Es en este momento cuando usted utiliza en toda su extensión el libre albedrío del cual es poseedor y escoge entre ser estrambótico o ser discreto.

jueves, 14 de enero de 2010

Sobre Cuento 3.

Chito es un hombre frustrado, dueño de un popular centro nocturno en Tláhuac; una noche encuentra por casualidad a un viejo amigo, el cual le hace pensar en aspectos del destino.

Lo puedes leer aquí.

Cuento 3 lo escribo después de casi medio año de no crear ningún cuento. Dicen que la inspiración no existe, que solamente es el impulso de escribir; yo no sé que tan cierto sea, sólo sé que una noche supe que tenía que hacerlo.
Casualmente el día que publico el cuento tuve la oportunidad de tener una interesante plática en el Parque México con un callejero soñador que escribe sobre la vida bajo el pseudónimo de Cualquier Cualquier, que tipo tan raro, digno de ser un personaje de cualquier historia (de hecho es el protagonista de su vida, y pareciera fácil serlo hasta que analizamos con detenimiento que muchas veces no somos los protagonistas de nuestras vidas); en fin, dejó varias palabras que siguen haciendo ruido en mi cabeza.

A la vez quiero mencionar que el cuento presuntamente será publicado en la revista independiente Clocharde bajo el mismo pseudónimo que utilizo acá: drián.

Para finalizar, en esta vida lo menos que uno puede hacer es ser agradecido; por lo que quiero agradecer desde esta Pared en Tecknicolor a mi carnalito de letras: Monsieur Orlanskin Zaldirovich. Y si bien desconozco si soy bueno o malo escribiendo, sí sé que él ha tenido mucho que ver para que me haya animado a escribir y sobre todo a confrontarme con lo que escribo, cosa no fácil; primero empecé con el blog y luego me convenció (porque así fue, reconozco que en un principio yo no pensaba tomar tal oportunidad) de publicar en la revista.

miércoles, 13 de enero de 2010

Cuento 3

La idea sobre la existencia del destino y de cuánta capacidad de influencia tenemos en él es algo que ha generado grandes debates para los profundos pensadores de la vida.
Para mí, un empresario venido a menos, el destino era algo totalmente inexistente; porque fui yo quien a conciencia pura se encargó de pasar de ser el lúcido estudiante de letras francesas a un mal intento de bussines man, dueño de un table dance de mala muerte en avenida Tláhuac: el Chidongongo.

Ayer me encontraba en el negocio, pasaban las nueve de la noche. Era una velada tan gris como las de todos los martes, cuatro microbuseros y dos oficinistas hacían el mayor escándalo posible y le combatían un poco a la atmósfera casi fúnebre propia del momento.
Por su parte, en la pista Wendy hacía la misma rutina de un modo tan apático que me causaba náuseas y deseos de cerrar el lugar para siempre justo en ese maldito momento.
Me daba repugnancia ser parte de aquel desabrido show y la depresión de apoco se fue apoderando de mí. Fui por una botella de whisky para luego encerrarme en mi oficina, que no era más que un pequeño y maloliente cuarto con escritorio y silla donde aprovechaba para emborracharme y tirarme a toda empleada que estuviera dispuesta.

Cerré la puerta, cerré los ojos, la botella hizo el resto. Tres vasos después unos fuertes toquidos me despertaron, era Ramón, gorilón del rumbo que desde hacía tres meses era el flamante jefe de seguridad del Chidongongo.

-Patrón, hay un borracho allá afuera. Está necio con que quiere entrar y por más que le decimos que no, no entiende. Ya se está poniendo agresivo y dudamos mucho que traiga para pagar. ¿Le damos una calentada o le llamamos al a patrulla y que se lo lleve?

Me quedé en trance mirando fijamente la botella de whisky. Luego comencé a pensar que entre el sujeto de allá afuera y yo no había gran diferencia: ambos somos tan sólo unos borrachos miserables. Podría ser que se invirtieran los papeles: él en mi lugar rodeado de toda esta mierda que tengo alrededor, y yo en el suyo, vagando por las calles y jodiendo a las personas.
A tan poco se resumía tanto...

-¿Patrón? Dígame qué hacemos.-interrumpió abruptamente Ramón.

-Espera, no le hagan nada. Quiero ver al tipo ese.-dije alzando la vista y con todas las intenciones de ponerme en pie.

-Entendido- contestó de mala gana mi empleado. Después salió de la oficina.

Dejé que se adelantara un poco, a decir verdad a mí también me da miedo su corpulencia y todos esos tatuajes en sus brazos y torso, en especial aquel en el que se lee: el barrio jamás olvida; todo ello aunado a la reputación que tenía, ganada a base de puños y sangre.
Al salir pude observar como dos de mis hombres tenían sujetado al borracho, uno en cada brazo, al tiempo que le amenazaban con que sólo aguardaban mi llegada para decidir qué harían con él.

-¡Ya suéltenlo!- exclamó seriamente Ramón.

Sus subordinados le respondieron con una mirada de sorpresa al tiempo que soltaron a la víctima. El hombre alcoholizado se quedó de bruces en el suelo, vestía camisa a cuadros canadiense llena de mugre por donde se le viera, acompañada de unos pantalones rotos de la entrepierna; a pesar de la distancia que manteníamos pude percibir su picante olor a sudor y orina y ron.
En cuanto pudo levantar la vista fue que logramos reconocernos, se trataba de Caifás, uno de mis mejores amigos en la juventud; nos gustaba soñar juntos. Era uno de esos izquierdistas radicales, artista; pintor de profesión. Hacía ya quince años que no sabía de él.