Los últimos días han sido en extremo complicados en la mayoría de los aspectos, la presente entrada es para advertir al posible lector de Una Pared en Tecknicolor una falta temporal de nuevo material en este espacio, la cosa es simple: la escuela demanda mi tiempo y a pesar que no dejo de tener ideas, a veces me es imposible desarrollarlas como quisiera. Igual se quedaron varios borradores en el aire y ahora trabajo un cuento en los tiempos en que poner atención a la economía política y a la teoría microeconómica me resulta absurdo y francamente imposible. Espero pronto terminarlo y tener la oportunidad de compartirlo en mi blog.
Con el sarcasmo de siempre.
drián.
viernes, 26 de febrero de 2010
domingo, 7 de febrero de 2010
Sobre Los dos elefantes de Luna.
Los dos elefantes de Luna trata de un retorcido escritor y la sorpresa que se lleva cuando alguien muy especial le solicita un extraño regalo. El protagonista se adentra en una búsqueda de la que podría obtener algo más que sólo un presente.
La idea me vino a la cabeza exactamente hace un mes y apenas pude publicarlo esta madrugada. A pesar de ser el más reciente, es ya mi cuento favorito. No tengo más que agregar, ahora el texto pasa de volar en mi cabeza para hacerlo en la de quien lo lea; espero tenga el mismo efecto.
Lo pueden leer más abajo en el blog o también haciendo click aquí
La idea me vino a la cabeza exactamente hace un mes y apenas pude publicarlo esta madrugada. A pesar de ser el más reciente, es ya mi cuento favorito. No tengo más que agregar, ahora el texto pasa de volar en mi cabeza para hacerlo en la de quien lo lea; espero tenga el mismo efecto.
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Y recuerden: al que le guste, un abrazo; al que no, que se muera...¡un aplausazo a la estupidez!
Con el sarcasmo de siempre. drián.
Los dos elefantes de Luna.
Para Juan todas las mañanas consistían en una ansiada sorpresa, esta ocasión lo diferente fue que el sol no le despertó con sus rayos; por el contrario, las nubes ocultaban al astro rey mientras dejaban salir de sí un inocente chipi chipi, robándole luminosidad a la Ciudad de México. "A la gente le gusta encerrarse cuando el cielo nos regala gotitas, como si le debiera algo al que hace llover; eso sí, no paran de llenarnos los diarios con notas diciendo que el agua se va a terminar. No lo entiendo, el agua nos purifica y deberían aprovechar para salir y sentir toda esa humedad cayendo sobre el rostro. Son días tan místicos, tan hermosos. Y a nadie le hace mal llegar a casa mojado y después quitarse el frío con una humeante taza de café y una buena charla", decía Juan cada vez que llovía.
Se levantó con la rutina de siempre. Lo primero era revisar el calendario para tachar el día correspondiente, tenía una obsesión con la medición del tiempo que si no era descargada en el calendario, lo era con un extraño reloj de bolsillo que un día encontró por ahí tirado, de ésos que tienen una cadena atada y que ya pocos usan. Lo segundo era quedarse sentado un rato en la orilla de la cama y con los pies descalzos, gustaba de la sensación del cemento frío en sus plantas para luego pensar en la ruta cósmica (así llamada por él) que le esperaba ese día.
Posteriormente daba un beso a la foto de Luna y con ello venía la triunfal salida del lecho de descanso con dirección a la estufa, no sin antes darle los acostumbrados buenos días a sus gastados zapatos de piel.
Fiel a la costumbre echó dos huevos a freír en el sartén, llevaba años desayunando lo mismo; cuando le preguntaban si no se aburría respondía que sí: "debe ser aburridísimo desayunar lo mismo todos los días", afirmaba; pero agregaba que le bastaba imaginar que comía otra cosa para saciar su necesidad de cambio: "a veces me hago el rico y juego a que desayuno caviar y me basta y me lo creo, y hasta tomo el periódico como los grandes señores, como los que uno encuentra diario trabajando en los edificios la zona fashion de Reforma. Otras veces me conformo con pensar que desayuno tamales o enfrijoladas, como toda la gente que desde temprano hace fila allá afuera para tener el placer de iniciar el día con los manjares de Doña Rosy."
"Eso sí- aclaraba- el café con leche lo tomo diario y sin variación desde los trece años. El atreverme a iniciar el día con otra bebida me resulta una riesgosa aventura de la cual temo no salir vivo... o quedar más muerto, pues."
Ya instalado en la mesa, tomó uno de los periódicos viejos que tenía apilados junto a la puerta de entrada al cuarto en que vivía. Para él la actualidad era algo irrelevante y afirmaba que leer el periódico del día podía llevar a sus practicantes a una vertiginosa y envolvente locura. Decía que lo grave no era estar loco, sino no reconocerlo. Por ello la preferencia a leer diarios viejos, porque para Juan resultaba lo mismo: las noticias seguían siendo igual de malas y allá afuera los locos vertiginosos seguían sin reconocerse.
Terminó el proceso de despertar/desayunar y la valía de aquello radicaba en que era lo único que hacía igual todos los días, lo posterior era resultado de su instinto mezclado con la ruta cósmica: impredecible tanto para los metafísicos como para los probabilísticos matemáticos.
Fue entonces que se trasladó hacía su pequeño escritorio, de entre papeles con garabatos y notas sacó el cuadernillo en el cual escribía una novela. Lo miró pero no por mucho tiempo, metió las manos en su cabellera de rulos y echó otro vistazo al cuadernillo. "Hoy tampoco sale nada, carajo", dijo fastidiado. Cuando se dio cuenta estaba ya caminando apresuradamente y en círculos en aquel cuarto alquilado.
El consultar el calendario inmediatamente después de despertar le había permitido estar al tanto que al día siguiente era el cumpleaños de su hija, la idea le había robado el pensamiento durante el transcurso del incipiente día. Quiso, a parte, romper su racha maligna de dos semanas enteras sin poder añadirle algo nuevo a la novela. Se sentía agobiado y pensó que debía seguir buscando la respuesta afuera, entre la gente y bajo el tierno chipi chipi.
Se puso los pantalones, el gorro, la gabardina y los únicos zapatos que tenía (aun a sabiendas que la suela estaba ya rota y terminaría con los pies llenos si no de agua encharcada, sí de escupitajos o en el mejor caso lleno de los dos. Si pasaba lo tercero, se evitaba el tormentoso dilucidar sobre qué sería eso único que le mantenía los pies mojados; el conocer que era en parte agua y en parte escupitajo le permitía irse a la cama con al menos una certeza y conciliar el sueño acompañado de una tranquila sonrisa.) Salió de los edificios en Copilco, saludó a Doña Rosy y ella le contestó exactamente de la misma manera; como si Juan hubiera saludado a un espejo.
Tomó rumbo hacia el Metro, como no era hora pico tuvo la suerte de alcanzar un asiento. Le gustaba la forma en que contrastaban el naranja de los vagones con el verde chillante de los asientos; le parecía una divertida lucha entre dos fuerzas cuyo fin es ver quién captaba más la atención del ojo de los usuarios.
Se puso Juan a observar a toda esa gente de prisa, a los vendedores y a los niños curiosos. Le dio por bajarse en una estación sin siquiera fijarse cuál y luego se adentró en calles y avenidas. Fue a dar a la plancha del zócalo, corazón material del país, sal y pimienta de la ciudad. Estuvo un largo rato de pie y el cuadernillo de notas que guardaba dentro de la gabardina le quemaba el pecho, era como si tuviera vida propia y le ardiera para avisar que él también quería estar expuesto y apagarse con el chipi chipi. Juan sacó el cuadernillo acompañado de su inseparable compañera la pluma e hizo un par de anotaciones e igual número de rayones sin sentido. Continúo caminando y cruzó palabras con dos vagabundos, tres activistas, cuatro músicos, un plomero y una doña que trabajaba un carro de frituras; todos ellos una sinfonía de locos (pero de los que se reconocen como tales, nada grave).
Para cuando Juan hubo observado el reloj de bolsillo por kaésima ocasión, éste le indicó que pasaban las cuatro de la tarde. Guardó el cuadernillo y se movió hacia un teléfono de monedas para contactar con Dreso, un viejo (y cada día más nuevo) amigo; regordete y sofisticado contador, hermano del amor de su vida.
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