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lunes, 13 de diciembre de 2010

Decepción.

En el mensaje por celular le dije a mi novia que estaba por cenar: era cierto, no lo podría engañar así. Tenía hambre pero no se me antojaba nada. Bajé a la cocina y comencé a caminar, más pensando en otras cosas que en lo que me iba a devorar esta noche. Soy un maldito indeciso: contemplo con antelación los hechos, imagino sus consecuencias. Después de circunnavegar la mesa en más de siete ocasiones decidí abrir el refrigerador: cautela, siempre cautela, uno nunca sabe lo que pueda saltar de ahí. En una de las charolitas que se alojan en la puerta hallé un bote de yogur. Los vislumbré apenas unos instantes; poquísimos segundos del encuentro ojo del que escribe- bote de yogur. Cerré la puerta con desilución: era lo de siempre... aunque, pensándolo bien, el yogur no me vendría mal. Ni siquiera porque hace frío y el yogur está jodidamente frío. No. Algo me atrajo al contenido de ese bote blanco de a litro. Sin darme cuenta ya había dado otras tres vueltas a la mesa. Estaba imaginando el yogur. Estaba salivando por su espesor, su sabor dulzón y sus trocitos de fresa (era de fresa). Comencé a calcular cuántos tazones serían suficientes para llenarme (debo aclarar que no comí bien en la tarde). Para la quinta vuelta alrededor de la mesa el yogur ya no era solo la opción más viable, sino una necesidad de mis devoradoras entrañas, una única llave maestra capaz de abrir el portón de mi saciedad. Salivé, salivé más. Luego me convencí que habría que ir por él, abrir el bote, olerlo unos segunditos para después servirlo en uno de esos tazones blancos que tiene mamá. Di unos firmes pasos al refrigerador, conciente de que si abría la puerta, era con el fin principal de sacar ese bote de plástico. Lo saqué. Lo puse sobre la mesea. Le encajé los dedos a la tapa y, de a poco, lo fui abriendo. Me extrañó que el olor que se desprendía no era propio del yogur; era picante y salado. No me detuve, continué con lo mío con la tapa. Fue terrible descubrir que aquello que pensaba era yogur, era otra cosa: una masa roja y caldosa. Chipotles, tal vez... Chipotles, seguramente. Sí, eso: eran chipotles, con muchos ajos y muchas cebollas. Chipotles, tan adobados y tan picantes como solo ellos acostumbran. La decepción fue enorme: ¿ahora qué mierda hacer con tanta saliva? Tendré que hablar con mi madre para que ponga los chipotles en botes de chipotles; y, si no los hay, que no los haga. Los botes de yogur siempre deben contener yogur ¿O qué a caso yo visto bragas y sostén?
Nunca se sabe...

lunes, 8 de noviembre de 2010

Vivito y coleando.

No he muerto, lo juro. Pasa que la vida transcurre tan rápido y no me había dado cuenta que llevo casi dos meses sin publicar algo por acá. Lo siento, de verdad. Sobre todo porque este es mi espacio íntimo para sacudirme la cabeza.

Ahora trabajo en un cuento que enviaré a un concurso (deséenme suerte... bueno, si no quieren, no), así que veo difícil el poder publicarlo acá, al menos hasta que se termine todo el proceso concursístico (¿esa palabra existe?). También se me viene el cierre de semestre y, con ello, demasiados trabajos y tareas.

Espero poder estar de vuelta en menos de un mes. Tengo muchas cosas que escribir.

Chau.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Sobre los 100 años de la UNAM.

Es bien sabido, a menos que vivas en una cueva, que la Universidad Nacional Autónoma de México cumplió cien años este veintidós de setiembre. Para ser sincero, no me gusta tocar temas de moda, pero amo a la universidad, estudio en ella, tengo un blog... tú sabes; tenía que pasar. No voy a contar el proceso de cómo la Universidad. Lo he leído más de tres veces en este día. Justo Sierra, centenario de la independencia y bla bla.

En una entrada anterior escribí cómo se cumplió mi sueño de ingresar en esta institución. Hoy la cosa cambia. Hablaré de mi personalísima experiencia, y el por qué le tengo tanto cariño a la Universidad. Lo primero, y lo más obvio, es que me han brindado educación gratuita y de calidad. Sin embargo, para mí es algo más allá que el saber sumar bien o hacer reportes de lectura. En la UNAM me enseñé a pensar. Aprendí a abrir la mente a otras realidades. Cuando escucho el felicidades a la UNAM, no puedo evitar preguntarme a quién debo dar el abrazo, si a los murales de la Biblioteca Central o a los pizarrones. En realidad, la congratulación es para nostros. Para todos los que desde nuestra trinchera, hacemos posible que la UNAM sea. ¡Felicidades para nostros!

No puedo dejar de lado a las extraordinarias personas que ha dejado mi estancia en la UNAM. Llevo en el corazón a aquellos desconocidos que primero se hicieron compañeros, luego amigos y ahora hermanos míos. Tampoco dejo de lado a los profesores que han sido guías de vida. Auténticos maestros de la vida, despertadores de mi pensar.

Quiero aprovechar para reflexionar sobre el futuro de la UNAM. ¿En realidad somos conscientes de lo que implica estar ahí? Confieso que yo a veces, no. En mis primeros dias como parte de la UNAM (en la Escuela Nacional Preparatoria), un profesor nos dijo palabras que no olvido ni olvidaré. Nos hizo abrir los ojos. Nos aterrizó con sabias palabras. Estudiar en la UNAM implica estar en la máxima casa de estudios del país, y hay que asumirlo como tal. Ser conscientes del compromiso social que cargamos en la espalda. Que nuestros estudios son pagados con el dinero de mexicanos que muchas veces ni estudiaron en la UNAM. Que, más allá de patrioterismos, estamos preparándonos para dar la cara por una sociedad.
Yo lo tengo bien claro: contribuir a la sociedad. Pero no estoy seguro si todos los alumnos sean coscientes de ello. Ojalá sí. El futuro, no solo de la UNAM, sino del país, depende de tal circunstancia.

Actualmente los estudiantes nos enfrentamos a retos difíciles. La tendencia hace que el mercado laboral prefiera egresados de instituciones privadas. El grado es tal, que me consta que hay compañeros que dan por hecho que en esas instituciones la educación es mejor; incluso insiúan que, si tuvieran posibilidades, estudiarían en una institución privada. Evidentemente esto no es benéfico para la UNAM. El reto no está en convecernos que somos los mejores, sino en demostrarlo. En cada rama de la vida, sea cual sea, demostrar que lo hecho en CU está bien hecho y es lo mejor. Nada de amedrentarse con el discurso de la educación privada y cara, prepara mejor. En México, mejor que la UNAM, no hay; no existe.

Ahora bien. Hoy que la UNAM es la mejor universidad de Iberoamérica. ¿Qué queremos que sea mañana? En cincuenta años, cuando nosotros seamos los hoy Pacheco, Molina, Monsiváis, Dehesa, Aristegui, etc. ¿Cuántos premios más recibiremos? Me gustaría ver en cincuenta años a una UNAM mejor que la de hoy. Integrando a muchos más estudiantes, y que sus egresados sean los líderes que lleven a la humanidad al progrso. Me encantaría ver planteles de la UNAM desde Tijuana hasta Tapachula. Nunca he entendido por qúe si es la Universidad Nacional, solo haya planteles en el Distrito Federal y el área metropolitana (haciendo a un lado las carreras especiales que se dan en otros estados).

Con el festejo del centenario, debemos mirar atrás y ver todo lo maravillos que nos ha dejado esta institución,  personal y colectivamente. Empero no podemos dormir en laureles. Existen trámites engorrosos en las ventanillas. Hay baños donde no hay jabón. La RIU luego se pone lenta. Conozco profesores malísimos y alumnos que nomás van a echar desmadre. Falta más cupo. Se necesitan más computadoras. En horas pico, el servicio de Pumabús es insuficiente; y en la Biblioteca Central hay veces que los libros no alcanzan. Estos son algunos ejemplos de que la UNAM de ningún modo, puede considerársele en un climax. Pero buenas noticias: con todo y fallas, con todo y carencias ¡seguimos siendo los mejores!... y lo seguiremos siendo. Estoy seguro.

Si encontraste una exacerbada exaltación por la Universidad, en estas líneas, estás en lo correcto. Amo a mi universidad. No preferiría el Tec, el ITAM o el CIDE; aunque me pagaran. Por el amor que le tengo, espero aportar algo a ella y al pueblo mexicano que la paga. Y porque la quiero, espero vivir para el 150 aniversario y ver una UNAM mejor. Una UNAM con líderes en México y en el mundo. Una UNAM como la de ahora, pero con los defectos corregidos.

Por mi raza hablará el espíritu.

México. Pumas. Universidad: ¡Gooya! ¡Gooya! ¡Cachún, cachún, ra, ra! ¡Cachún, cachún, ra, ra! ¡Gooya! ¡Universidad!

domingo, 12 de septiembre de 2010

Confesión antes del meridiano (tírese y úsese).

Carta escrita una mañana de febrero de 2010 en Ciudad Universitaria, para alguien que a la fecha no ha querido leerla.

Mira, pon atención a esta mañana, con mi risa curda de dolor, las manos rojas y el vaho que se resiste a zucumbir ante a la masa de frío. Entonces me acuerdo de ti, amanecer de terciopelo por la tarde, y a falta de tu calor me queda nomás beber del champurrado o resignarme a morir con la cabeza podrida y el corazón congelado.
Y extrañarte es pensarte, y pensarte lleva implícito violentar los cerrojos del baúl donde te guardé con rabia un martes; sin evitarlo te invoco, recreo tu pequeña figura en el ventanal pero no me basta, quiero plasmarte y un impulso recae sobre mi brazo, se exteiende hacia los dedos y culmina en un punto móvil trazado por mi pluma. Es así como pretendo dibujarte pero al correr de los segundos se rompe la ilusión: sabes, soy pésimo y sólo obtengo garabatos deformes, convulcionados retazos de tu rostro.

lunes, 16 de agosto de 2010

Los sueños a veces se hacen realidad.

El otro día leía la Gaceta de la UNAM, que contenía varios artículos sobre la generación que se incorporó este año a la institución, tanto en preparatorias, como en universidades. Uno de los artículos ponía énfasis en el discurso de una nueva alumna cuyo nombre no recuerdo, sería su primer día en la gloriosa Preparatoria no. 6 Antonio Caso. Las palabras eran de agradecimiento, evidentemente, e incluían algo así como: siempre supe que estudiaría en la UNAM.

Tales palabras me llevaron al recuerdo, a desempolvar un sueño que de niño tuve y que hoy, confieso con tristeza, a ratos olvido. Actualmente me es cosa cotidiana el tomar el Pumabús en cualquiera de sus rutas, sacar libros en la Biblioteca Central, para luego entrar y salir de mi facultad, y de muchas otras, cuantas veces me de la gana y sin pensarlo detenidamente.

En aquel entonces tenía seis años, vestía una playera a rayas con el puma en el pecho y unos shorts que completaban el uniforme que se parecía al que utilizaban los jugadores. En la mano izquierda cargaba una bandera azul y oro con el puma al centro, con la derecha me sujetaba al brazo de papá. Eran fnales de los noventas, papá me había llevado a ver jugar a los pumas contra el Cruz Azul, salíamos del Estadio Olímpico.
Para mí era nuevo el entorno, no tenía ni la menor idea de cómo era donde estábamos. Papá me metió por debajo de un tunel y fuimos a dar a un lugar abierto, con muchos edificios alrededor, y una especie de campo enorme al centro, con mucho pasto y árboles en ciertas zonas. Caminamos y caminamos, unos edificios tenían pinturas extrañas: recuerdo el rojo aquel, uno de los más grandes, me impresionó demasiado.
Seguimos en el andar por la Ciudad Universitaria, hasta llegar a un edificio con los bordes de las ventanas en amarillo, lo coronaban unos tubos metálicos, papá me explicó eran chimeneas. "Mira, hijo, yo de joven acá estudié", dijo mi padre con ese típico aire de progenitor intentando impresionar a su pequeño hijo.
Estar ahí fue una sensación diferente, mágica. De inmediato lo supe: cuando grande, yo quería estudiar ahí, aunque por el momento no supiera qué; para ello tuvieron que pasar once años.

sábado, 31 de julio de 2010

Ciento dieciséis cosas que (casi) nadie sabe de mí

Hola, muero de aburrición y mis cuentos están estancados. Sinceramente esto no es idea mía, lo vi en otro blog y se me hizo una buena forma de desaburrirme. Sirve que, si les interesa, pueden conocer un poco más de éste que escribe:

1) Tengo pavor a las serpientes.
2) Cuando niño, tuve un amigo imaginario llamado Pablito. Su hermana se llamaba Karina y usaba siempre vestido verde.
3) Soy adicto a la pizza de peperoni.
4) Para jugar al futbol soy zurdísimo, para escribir soy diestro. El cuchillo, para partir alimentos, siempre lo manejo con la mano izquierda.
5) Duré cuatro años sin cortarme el cabello.
6) Mi guitarra acústica se llama Marigalante,  fue un regalo de mi padre cuando cumplí diez años.
7) La primer banda de la que me declaré fan, fueron los Hombres G. Iba en quinto de primaria.
8) De niño, mi sueño era ser astronauta. Después quise ser chef, hasta la secundaria y aún en al prepa. Hoy estudio economía, ja.
9) En la primaria y secundaria, y gracias a un juego de Nintendo, me decían Boris. En la prepa fui bautizado como Pared, conocido para algunos como Chito, para los profesores siempre García García. En la facultad hay unos cuantos que me dicen Piedra.
10) Nunca he visto El Rey León.
11) Aprendí a nadar hasta los quince años. Antes tenía fobia a las albercas.
12) Soy fan de los mojitos, pero si son con Bacardi los evito.
13) Para mí, un domingo perfecto es igual a levantarme a las doce del día, mirar con mi padre el partido de los Pumas y que ganen. Después pedir pizza (véase el punto 3) y mirar los otros partidos o dormir... O no hacer nada.
14) Odio las mayúsculas.
15) Me deprimo el día de mi cumpleaños.
16) Me gusta dormir toda la tarde y hacer mis cosas en la noche.
17) Odio con todo mi ser levantarme temprano.
18) A los trece años me dio por escribir poesía y canciones.
19) Siempre odié la clase de Educación Física. Siempre he sido bueno en clase de Historia.
20) No me gusta el basketbol ni el beisbol.
21) Sueño con hacer un viaje de mochilazo, y vía terrestre, desde el sur de México hasta Chile.
22) Me gusta ver el futbol americano de la NFL, mis favoritos son los Acereros.
23) Me quiero casar vestido de traje rosa y tenis.
24) Soy un carnívoro declarado. Podría comer carne diario.
25) La cebolla cruda me hace daño.

domingo, 4 de julio de 2010

¿Cómo eliges un libro?

Primerante, haré una aclaración: como he mencionado en anteriores entradas, me desempeño como estudiante de economía, sin embargo, a pesar que el tema es sobre la elección de libros (los cuales compramos, ergo mercancías), no tengo ni la menor intención de traer a colación la teoría de elección del consumidor. Lamento si algún colega se siente decepcionado, ofrecería disculpas, pero sinceramente, me vale madres.
No sé por qué tengo la necesidad de mencionar todo esto, probablemente si no digo lo anterior no pasa nada, me sigues leyendo y punto; es solo que...

Quiero contar una anédocta, peculiar para mí, sobre una de mis novelas favoritas: Rayuela. Hace dos años me entró la cosquillita por querer leer algo más de lo que me dejaban en la gloriosa Prepa 6; recuerdo estaba de vacaciones, tal como ocurre ahora. Aquella tarde era muy aburrida: la calle silenciosa, mamá en la cocina, mucho calor como para salir, y yo tirado en la cama intentando encontrar figuras en las rugosas texturas del techo, tocando los mismos tres acordes de una canción quizá de Soda Stereo, y escuchando a lo lejos la televisión sin querer prestarle atención alguna, como una caja de ecos absurdos.

Repentinamente hubo algo en el televisor que me hizo enderezar y poner atención: la voz del hombre que habla en esas cápsulas de Televisa, que reconozco me gustan: Imaginantes. Había visto ya varias y repetidas, pero esa vez había una nueva para mí. El tema era sobre una relación amorosa entre un hombre y una mujer, que nunca acordaban verse, dejaban todo al azar para que los cruzara. El autor era, hasta entonces desconocidísimo para mí, Julio Cortázar; después de esa breve reseña sobre la historia, añadieron una anécdota personal del autor con un tema muy parecido al de la novela. Mi pasión por la relación amor-azar es enorme, al instante supe que debía leerla. Pese al entusiasmo, no fui para anotar el nombre del autor o de la novela en un papel, todo quedó mal grabado en mi mente.

Olvidé el asunto y continué mi vida. Por otras circunstancias, me decidí a hacer un viaje que sabía sería largo, horas y horas sentado en autobús, creí prudente llevar algo bueno para leer. Fue entonces que recordé lo de la novela esa del otro día, la que se escuchaba tan interesante, la que se llamaba... ¿cómo se llamaba? ¡puta madre, se me olvida todo! En un ataque de ansia, corrí apresurado a la computadora e ingresé a mi sito resuelve-todo-tipo-de-dudas: Yahoo! Respuestas. Ayuda con el título de un libro. Recuerdo que lo pasaron en una cápsula de Imaginantes en Televisa, la historia era algo así como el encuentro fortuito de dos enamorados en París ¿Alguien sabe cómo se llama?, pregunté. Tristemente nadie respondió. Intenté buscar la cápsula en televisión, descubrí que pasaban esas cápsulas a una determinada hora de la madrugada. Durante días acudí religiosamente en el mismo horario a sentarme frente a la tele, para ver si por casualidad ponían lo que buscaba, fue en vano. Por la mala, tuve que hacerme a la idea de que jamás podría hallar esa novela cuya simple reseña me había causado tanta fascinación. Reconozco me sentí frustrado.