El otro día leía la Gaceta de la UNAM, que contenía varios artículos sobre la generación que se incorporó este año a la institución, tanto en preparatorias, como en universidades. Uno de los artículos ponía énfasis en el discurso de una nueva alumna cuyo nombre no recuerdo, sería su primer día en la gloriosa Preparatoria no. 6 Antonio Caso. Las palabras eran de agradecimiento, evidentemente, e incluían algo así como: siempre supe que estudiaría en la UNAM.
Tales palabras me llevaron al recuerdo, a desempolvar un sueño que de niño tuve y que hoy, confieso con tristeza, a ratos olvido. Actualmente me es cosa cotidiana el tomar el Pumabús en cualquiera de sus rutas, sacar libros en la Biblioteca Central, para luego entrar y salir de mi facultad, y de muchas otras, cuantas veces me de la gana y sin pensarlo detenidamente.
En aquel entonces tenía seis años, vestía una playera a rayas con el puma en el pecho y unos shorts que completaban el uniforme que se parecía al que utilizaban los jugadores. En la mano izquierda cargaba una bandera azul y oro con el puma al centro, con la derecha me sujetaba al brazo de papá. Eran fnales de los noventas, papá me había llevado a ver jugar a los pumas contra el Cruz Azul, salíamos del Estadio Olímpico.
Para mí era nuevo el entorno, no tenía ni la menor idea de cómo era donde estábamos. Papá me metió por debajo de un tunel y fuimos a dar a un lugar abierto, con muchos edificios alrededor, y una especie de campo enorme al centro, con mucho pasto y árboles en ciertas zonas. Caminamos y caminamos, unos edificios tenían pinturas extrañas: recuerdo el rojo aquel, uno de los más grandes, me impresionó demasiado.
Seguimos en el andar por la Ciudad Universitaria, hasta llegar a un edificio con los bordes de las ventanas en amarillo, lo coronaban unos tubos metálicos, papá me explicó eran chimeneas. "Mira, hijo, yo de joven acá estudié", dijo mi padre con ese típico aire de progenitor intentando impresionar a su pequeño hijo.
Estar ahí fue una sensación diferente, mágica. De inmediato lo supe: cuando grande, yo quería estudiar ahí, aunque por el momento no supiera qué; para ello tuvieron que pasar once años.
De esa vez, pasaron muchas otras similares. Domingos saliendo del estadio, pasando enfrente a la Facultad de Química donde estudió papá, y escuchando alguna anécdota al respecto. Ya no tenía seis años, ahora eran ocho, nueve, once y hasta trece; sin embargo, la magia, las ganas, eran las mismas.
Fue eso, y que cinco de mis cinco tíos estudiaron en la UNAM; que mi primo, el que más quiero, se ganó su lugar cuando yo era un niño; el título de papá en el pasillo, con el escudo y la leyenda "por mi raza hablará el espíritu".
En agosto de 2006, me enteré mediante un periodiquito que mis ciento nueve aciertos, de ciento veintiocho reactivos, me ábrían las puertas para la Escuela Nacional Preparatoria no. 6 Antonio Caso. Ese día fue uno de los más felices en mi vida, ni siquiera me importó que me mandaran a la tarde. Estaba en la UNAM, donde papá había estudiado, donde siempre quise estudiar. No era la Ciudad Universitaria aún, pero era cosa de años para que ésta me recibiera.
Quien me conozca personalmente, podrá interar reclamarme el que, hasta hace meses, mis ojos voltearan al Colegio de México para iniciar mis estudios en Ciencia Política. Así fue, lo admito; pero si lo hice de ese modo, fue porque ya había iniciado la carrera de Economía en la UNAM, y aunque luego reniego de ella, soy un masoquista: no la puedo dejar.
Hoy la UNAM ocupa el cien por ciento de mi tiempo como estudiante, me ha dado logros, sueños, amigos, gente e ideas. No imagino cómo sería mi vida en otra institución, seguramente muy diferente; porque estar en la UNAM me ha marcado para siempre.
Evidentemente las historias rosas no existen, a la universidad le faltan muchas cosas que mejorar, caminos que corregir. Sin embargo eso no ensombrece ni tantito el amor que le tengo a la institución, al contrario, me motiva a que se pueden cambiar las cosas para bien. Porque, mándando al carajo los rankings... y hasta con elllos, la UNAM es la mejor universidad del Iberoamérica. Quien diga lo contrario es porque no estudia aquí, o porque no sabe nada de la vida. Hoy en día la mejor de Iberoamérica, espero se trabaje para que sea la mejor del mundo.
A mi que no me gusta pertencer a nada, no tengo problemas en decir que soy de la UNAM y llevo sus colores bien tatuados en el corazón.
Baso mi amor en dos supuestos (como economista en formación): 1) Si llegara gente del ITAM, CIDE o Harvard a ofrecerme su escuela, y encima me becaran, diría no gracias. 2) Si volviera a nacer, quiero estudiar de nuevo en la UNAM.
¿A ustedes qué sueños se les hicieron realidad? ¿Están conscientes de ellos cada que los viven, o tambíen se les llegan a olvidar?
¡Por mi raza hablará el espíritu!
drián.

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