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domingo, 12 de septiembre de 2010

Confesión antes del meridiano (tírese y úsese).

Carta escrita una mañana de febrero de 2010 en Ciudad Universitaria, para alguien que a la fecha no ha querido leerla.

Mira, pon atención a esta mañana, con mi risa curda de dolor, las manos rojas y el vaho que se resiste a zucumbir ante a la masa de frío. Entonces me acuerdo de ti, amanecer de terciopelo por la tarde, y a falta de tu calor me queda nomás beber del champurrado o resignarme a morir con la cabeza podrida y el corazón congelado.
Y extrañarte es pensarte, y pensarte lleva implícito violentar los cerrojos del baúl donde te guardé con rabia un martes; sin evitarlo te invoco, recreo tu pequeña figura en el ventanal pero no me basta, quiero plasmarte y un impulso recae sobre mi brazo, se exteiende hacia los dedos y culmina en un punto móvil trazado por mi pluma. Es así como pretendo dibujarte pero al correr de los segundos se rompe la ilusión: sabes, soy pésimo y sólo obtengo garabatos deformes, convulcionados retazos de tu rostro.

Mejor llorar, mejor mi igual de horrible caligrafía y estas letras absurdas en las que no te veo. Entonces escribo esta carta, no para que mañana vengas con frenesí a tomarme los cabellos y morderme la boca, sino para que la carta del otro día no se sienta tan sola en el cesto de la basura o en el fondo del olvido; que la tristeza no la colme, porque uno como sea respira entre lágrimas, pero la pobre, tan frágil y vestida sólo de tinta, se le van a aguadar las entrañas, le correrá sangre azul, terminará marchita.

En medio de hojas revueltas con notas, una que jamás incluí en la carta primera: ¿M... ves lo que esta en tus manos? No es una carta, es mi corazón.

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