Hoy como a eso de las nueve de la noche me dieron ganas de mear e hice lo propio, descargado el líquido me miré en el dividido espejo del baño pero algo era distinto, sentía como si una fuerza dejara de pesar en mí; lo reflexioné unos segundos y no, no era el simple hecho de haber meado porque días anteriores meé en repetidas ocasiones y esa sensación no estaba. Hice un poco más de esfuerzo mental y cuando dí con el clavo limité a decirme: cabrón, te estás haciendo viejo. Seguro si se enteran de mis dieciocho, se cagan de la risa.
Explico. Me es difícil precisar en qué momento pasó, cuando vi ya estaba: sábados y domingos muy parecidos a lunes y miércoles o incluso a los horrorosos martes. Por distinto que fuera el asunto, cada sábado había que estar a una hora en un lado, aprovechar los minutos breves para reponer el sueño y seguir; apurarse a estar puntual con los amigos, llegar antes de que cierren la biblioteca; y jodido que no pasa el camión y el tráfico en sábado no es tan reducido como debería.
Ya está, llegué a tiempo, pero no me puedo quedar mucho rato porque tengo que (insertar aquí nombre de actividades cualesqiuera). Y otra vez: maldito camión, ya es tarde... ¡tengo sueño! Adelanto un poco de acá y me da tiempo de dormir unas horas, mañana me levanto a las... y sigo.
¿Supiste lo de la niña Paulette? No ¿qué onda con ella?. ¿Viste el partido del Cruz Azul? No ¿cómo quedaron, estuvo bueno?. ¿Supiste del concierto de...? No ¿cuándo fue?
Al inicio de este periódo de tiempo había una ventaja: actividades con amigos. Estoy chavo, chingá, asi es esto de pasarla con la banda. Luego todo se deformó y las compañías amistosas se esfumaron, ahora estaba rodeado de libros, sí, libros rojos, viejos y pesados (o en su defecto copias de libros); y no solo eso: la terrible sensación de que me llevaría la chingada si no terminaba esos libros antes de la fecha indicada. Así pues me deje llevar: democracias malditas, capitalismo de mierda, ah que jodido ha estado el mundo siempre, preferiría no saberlo, deseos de dormir, siesta de dos horas y a checar cuantas páginas faltan, puta madre, ya falta poco para el examen y me falta sacar un libro.
Llegó el ansiado/temido/fastidioso día del examen: levantarse temprano a repasar; uy, tengo hambre y solo da tiempo para desayunar un par de tortillas con sal, hubiera puesto algo anoche... no hay tiempo, ya es tarde. Dos horas y media para redactar dos ensayos y a mí que no se me ocurre nada... sí, es buena idea pero no quiero parecer un fiel seguidor rojillo, da igual, carajo, el tiempo corre, escribe, escribe; una hoja, dos, tres, y así hasta ocho; puto dolor de mano, puta pluma; seguro no paso... pensándolo bien escribí mucho más que otros, a huevo me chingué a varios; ¡ah, el análisis! no debí ser tan severo con eso del capitalismo; estúpida inseguridad. Dormir, necesito dormir. Recarajo, más exámenes: hay que leer a Marx... que hueva, mejor al tipo ese que hace resúmenes de Marx, el que me recomendó el profe aquel... Las derivadas, cincuenta ejercicios y no llevo uno solo, mañana leo un poco y después hago derivadas, no, mejor empiezo con derivadas luego lectura... tengo sueño, quiero dormir.
Así transucrrió un periodo no breve, lo suficientemente largo como para dificultarme el recordar cuando fue la última vez que me sentí como hoy que me vi en el espejo después de mear. Me di cuenta de lo que alteraba (si estás en este punto de la lectura, disponte a encarar una breve reseña de la actividad de un simple mortal). Me levanté temprano a nadar y el agua caliente me relajó de inmedianto, aun así el agua siempre está caliente en este sitio solo que hoy no hubo rutina de crol y dorso como lo dicta la costumbra; esta ocasión la sustituyó una jocosa plática de caballeros llena de albures y chistes vulgarsones, pero sobre todo risas, muchas risas, carcajadas despreocupadas. Llegué a casa y como no había que ir a la biblioteca a hacer algo, me puse a tocar la guitarra (o acariciar a Marigalante, como yo le digo); sonó un blues melancólico, rock´n roll alegrón, alguna baladita cursi y no sé cuantos covers de Fito Páez. Habían pasado cerca de dos horas y tenía hambre, afortunadamente mamá trajo qué desayunar del mercado y pude disfrutar de una tostada de pescado y unos tacos de longaniza aderezado con una charla de cualquier cosa con mi madre. Me dio sueño y como no había lectura que hacer o amigo a quien topar, me dirigí pleno a la cama a dormir, y lo mejor: me rebelé y no puse el despertador. Me despertó papá diciéndome que si íbamos a echar el taco a la calle, mi modorra estuvo a nada de hacer que me negara pero lo pensé detenidamente y no había motivo, podía regresar a dormir toda la tarde. Comimos en una taquería chiquita y hablamos de nada, pero de esas platicas de nada que son tan necesarias tal que, si no estuvieran, perdería sentido un discurso de mil horas sobre algo; el trayecto me dio para poner atención en lo calurosos que son los días ahora, y yo que salgo diario y no me había dado cuenta. Llegué a casa y, contrario a mi plan de dormir toda la tarde, me descubrí sin sueño; ahí estaba papá, viendo el partido entre Chivas y Cruz Azul y con un lado de la cama totalmente vacío, como llamándome a que me echara al lado del viejo. Y así fue, pasaron horas trás hora hasta ser cuatro, cuatro horas de no levantarse más que para ir al baño y rellenar el vaso de refresco, cuatro horas hablando de lo mal que juega El Azul, la fortuna del portero de Chivas, la mediocridad tanto de Pachuca como de Tigres, las no ganas de ganar de Morelia y el buen toque (aunque me duela) de Monterrey. Me di cuenta que con ese nivel de futbol mis Pumas tienen fuertes cartas para salir campeones (porque de ellos sí veo los partidos así se caiga el mundo).
En una de ésas me levanté al baño y ocurrió el enfrentamiento con el espejo que narro al principio, regresé con papá pero todo se había esfumado: él ya no estaba y en la tele ya no había partido del Atlas sino unas caricaturas horribles. No importó, vine a la computadora y me puse a platicar estupideces con los amigos, saber de gente de la que me ausenté de alguna u otra manera, escuchar música y leer otros blogs; pasó la medianoche y se despidió el último de los amigos con quien hablaba, con él se despidió también el ruido y me saludo el hambre y la madrugada; comí puré de papa y entré a escribir al blog hasta ahora, minutos después de las tres de la mañana.
Últimamente he evocado insistentemente a la casulaidad para encontrarla repentinamente, ella, sus ojos, en la biblioteca o en un parque o en el transporte; sin embargo me he olvidado de pedir (y hacer por) días como los de hoy: la risa no planeada, la platica con mamá, las horas de tele y papá, el absurdo con los amigos, la comida que no se traga, se saborea; y el silencio profundo de esta madrugada, el sueño que se apodera de mí así como cuando la muerte llega lenta por veneno. No, no es que esté de vacaciones, simplemente tuve un sábado normal, intrascendente como los de antes pero ahora valioso entre los de ahora. Es cierto, da gusto vivirlo pero tristeza saber por qué da gusto; porque algo se transformó y anda, cámbialo, a ver como le haces, imposible- o una máquina de papel para elegir a placer momentos en la infinita línea de tiempo-.
Y sé que éste será el último renglón que escribo y no dejo de repetirlo: cabrón, te estás haciendo viejo.