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lunes, 13 de diciembre de 2010

Decepción.

En el mensaje por celular le dije a mi novia que estaba por cenar: era cierto, no lo podría engañar así. Tenía hambre pero no se me antojaba nada. Bajé a la cocina y comencé a caminar, más pensando en otras cosas que en lo que me iba a devorar esta noche. Soy un maldito indeciso: contemplo con antelación los hechos, imagino sus consecuencias. Después de circunnavegar la mesa en más de siete ocasiones decidí abrir el refrigerador: cautela, siempre cautela, uno nunca sabe lo que pueda saltar de ahí. En una de las charolitas que se alojan en la puerta hallé un bote de yogur. Los vislumbré apenas unos instantes; poquísimos segundos del encuentro ojo del que escribe- bote de yogur. Cerré la puerta con desilución: era lo de siempre... aunque, pensándolo bien, el yogur no me vendría mal. Ni siquiera porque hace frío y el yogur está jodidamente frío. No. Algo me atrajo al contenido de ese bote blanco de a litro. Sin darme cuenta ya había dado otras tres vueltas a la mesa. Estaba imaginando el yogur. Estaba salivando por su espesor, su sabor dulzón y sus trocitos de fresa (era de fresa). Comencé a calcular cuántos tazones serían suficientes para llenarme (debo aclarar que no comí bien en la tarde). Para la quinta vuelta alrededor de la mesa el yogur ya no era solo la opción más viable, sino una necesidad de mis devoradoras entrañas, una única llave maestra capaz de abrir el portón de mi saciedad. Salivé, salivé más. Luego me convencí que habría que ir por él, abrir el bote, olerlo unos segunditos para después servirlo en uno de esos tazones blancos que tiene mamá. Di unos firmes pasos al refrigerador, conciente de que si abría la puerta, era con el fin principal de sacar ese bote de plástico. Lo saqué. Lo puse sobre la mesea. Le encajé los dedos a la tapa y, de a poco, lo fui abriendo. Me extrañó que el olor que se desprendía no era propio del yogur; era picante y salado. No me detuve, continué con lo mío con la tapa. Fue terrible descubrir que aquello que pensaba era yogur, era otra cosa: una masa roja y caldosa. Chipotles, tal vez... Chipotles, seguramente. Sí, eso: eran chipotles, con muchos ajos y muchas cebollas. Chipotles, tan adobados y tan picantes como solo ellos acostumbran. La decepción fue enorme: ¿ahora qué mierda hacer con tanta saliva? Tendré que hablar con mi madre para que ponga los chipotles en botes de chipotles; y, si no los hay, que no los haga. Los botes de yogur siempre deben contener yogur ¿O qué a caso yo visto bragas y sostén?
Nunca se sabe...

lunes, 8 de noviembre de 2010

Vivito y coleando.

No he muerto, lo juro. Pasa que la vida transcurre tan rápido y no me había dado cuenta que llevo casi dos meses sin publicar algo por acá. Lo siento, de verdad. Sobre todo porque este es mi espacio íntimo para sacudirme la cabeza.

Ahora trabajo en un cuento que enviaré a un concurso (deséenme suerte... bueno, si no quieren, no), así que veo difícil el poder publicarlo acá, al menos hasta que se termine todo el proceso concursístico (¿esa palabra existe?). También se me viene el cierre de semestre y, con ello, demasiados trabajos y tareas.

Espero poder estar de vuelta en menos de un mes. Tengo muchas cosas que escribir.

Chau.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Sobre los 100 años de la UNAM.

Es bien sabido, a menos que vivas en una cueva, que la Universidad Nacional Autónoma de México cumplió cien años este veintidós de setiembre. Para ser sincero, no me gusta tocar temas de moda, pero amo a la universidad, estudio en ella, tengo un blog... tú sabes; tenía que pasar. No voy a contar el proceso de cómo la Universidad. Lo he leído más de tres veces en este día. Justo Sierra, centenario de la independencia y bla bla.

En una entrada anterior escribí cómo se cumplió mi sueño de ingresar en esta institución. Hoy la cosa cambia. Hablaré de mi personalísima experiencia, y el por qué le tengo tanto cariño a la Universidad. Lo primero, y lo más obvio, es que me han brindado educación gratuita y de calidad. Sin embargo, para mí es algo más allá que el saber sumar bien o hacer reportes de lectura. En la UNAM me enseñé a pensar. Aprendí a abrir la mente a otras realidades. Cuando escucho el felicidades a la UNAM, no puedo evitar preguntarme a quién debo dar el abrazo, si a los murales de la Biblioteca Central o a los pizarrones. En realidad, la congratulación es para nostros. Para todos los que desde nuestra trinchera, hacemos posible que la UNAM sea. ¡Felicidades para nostros!

No puedo dejar de lado a las extraordinarias personas que ha dejado mi estancia en la UNAM. Llevo en el corazón a aquellos desconocidos que primero se hicieron compañeros, luego amigos y ahora hermanos míos. Tampoco dejo de lado a los profesores que han sido guías de vida. Auténticos maestros de la vida, despertadores de mi pensar.

Quiero aprovechar para reflexionar sobre el futuro de la UNAM. ¿En realidad somos conscientes de lo que implica estar ahí? Confieso que yo a veces, no. En mis primeros dias como parte de la UNAM (en la Escuela Nacional Preparatoria), un profesor nos dijo palabras que no olvido ni olvidaré. Nos hizo abrir los ojos. Nos aterrizó con sabias palabras. Estudiar en la UNAM implica estar en la máxima casa de estudios del país, y hay que asumirlo como tal. Ser conscientes del compromiso social que cargamos en la espalda. Que nuestros estudios son pagados con el dinero de mexicanos que muchas veces ni estudiaron en la UNAM. Que, más allá de patrioterismos, estamos preparándonos para dar la cara por una sociedad.
Yo lo tengo bien claro: contribuir a la sociedad. Pero no estoy seguro si todos los alumnos sean coscientes de ello. Ojalá sí. El futuro, no solo de la UNAM, sino del país, depende de tal circunstancia.

Actualmente los estudiantes nos enfrentamos a retos difíciles. La tendencia hace que el mercado laboral prefiera egresados de instituciones privadas. El grado es tal, que me consta que hay compañeros que dan por hecho que en esas instituciones la educación es mejor; incluso insiúan que, si tuvieran posibilidades, estudiarían en una institución privada. Evidentemente esto no es benéfico para la UNAM. El reto no está en convecernos que somos los mejores, sino en demostrarlo. En cada rama de la vida, sea cual sea, demostrar que lo hecho en CU está bien hecho y es lo mejor. Nada de amedrentarse con el discurso de la educación privada y cara, prepara mejor. En México, mejor que la UNAM, no hay; no existe.

Ahora bien. Hoy que la UNAM es la mejor universidad de Iberoamérica. ¿Qué queremos que sea mañana? En cincuenta años, cuando nosotros seamos los hoy Pacheco, Molina, Monsiváis, Dehesa, Aristegui, etc. ¿Cuántos premios más recibiremos? Me gustaría ver en cincuenta años a una UNAM mejor que la de hoy. Integrando a muchos más estudiantes, y que sus egresados sean los líderes que lleven a la humanidad al progrso. Me encantaría ver planteles de la UNAM desde Tijuana hasta Tapachula. Nunca he entendido por qúe si es la Universidad Nacional, solo haya planteles en el Distrito Federal y el área metropolitana (haciendo a un lado las carreras especiales que se dan en otros estados).

Con el festejo del centenario, debemos mirar atrás y ver todo lo maravillos que nos ha dejado esta institución,  personal y colectivamente. Empero no podemos dormir en laureles. Existen trámites engorrosos en las ventanillas. Hay baños donde no hay jabón. La RIU luego se pone lenta. Conozco profesores malísimos y alumnos que nomás van a echar desmadre. Falta más cupo. Se necesitan más computadoras. En horas pico, el servicio de Pumabús es insuficiente; y en la Biblioteca Central hay veces que los libros no alcanzan. Estos son algunos ejemplos de que la UNAM de ningún modo, puede considerársele en un climax. Pero buenas noticias: con todo y fallas, con todo y carencias ¡seguimos siendo los mejores!... y lo seguiremos siendo. Estoy seguro.

Si encontraste una exacerbada exaltación por la Universidad, en estas líneas, estás en lo correcto. Amo a mi universidad. No preferiría el Tec, el ITAM o el CIDE; aunque me pagaran. Por el amor que le tengo, espero aportar algo a ella y al pueblo mexicano que la paga. Y porque la quiero, espero vivir para el 150 aniversario y ver una UNAM mejor. Una UNAM con líderes en México y en el mundo. Una UNAM como la de ahora, pero con los defectos corregidos.

Por mi raza hablará el espíritu.

México. Pumas. Universidad: ¡Gooya! ¡Gooya! ¡Cachún, cachún, ra, ra! ¡Cachún, cachún, ra, ra! ¡Gooya! ¡Universidad!

domingo, 12 de septiembre de 2010

Confesión antes del meridiano (tírese y úsese).

Carta escrita una mañana de febrero de 2010 en Ciudad Universitaria, para alguien que a la fecha no ha querido leerla.

Mira, pon atención a esta mañana, con mi risa curda de dolor, las manos rojas y el vaho que se resiste a zucumbir ante a la masa de frío. Entonces me acuerdo de ti, amanecer de terciopelo por la tarde, y a falta de tu calor me queda nomás beber del champurrado o resignarme a morir con la cabeza podrida y el corazón congelado.
Y extrañarte es pensarte, y pensarte lleva implícito violentar los cerrojos del baúl donde te guardé con rabia un martes; sin evitarlo te invoco, recreo tu pequeña figura en el ventanal pero no me basta, quiero plasmarte y un impulso recae sobre mi brazo, se exteiende hacia los dedos y culmina en un punto móvil trazado por mi pluma. Es así como pretendo dibujarte pero al correr de los segundos se rompe la ilusión: sabes, soy pésimo y sólo obtengo garabatos deformes, convulcionados retazos de tu rostro.

lunes, 16 de agosto de 2010

Los sueños a veces se hacen realidad.

El otro día leía la Gaceta de la UNAM, que contenía varios artículos sobre la generación que se incorporó este año a la institución, tanto en preparatorias, como en universidades. Uno de los artículos ponía énfasis en el discurso de una nueva alumna cuyo nombre no recuerdo, sería su primer día en la gloriosa Preparatoria no. 6 Antonio Caso. Las palabras eran de agradecimiento, evidentemente, e incluían algo así como: siempre supe que estudiaría en la UNAM.

Tales palabras me llevaron al recuerdo, a desempolvar un sueño que de niño tuve y que hoy, confieso con tristeza, a ratos olvido. Actualmente me es cosa cotidiana el tomar el Pumabús en cualquiera de sus rutas, sacar libros en la Biblioteca Central, para luego entrar y salir de mi facultad, y de muchas otras, cuantas veces me de la gana y sin pensarlo detenidamente.

En aquel entonces tenía seis años, vestía una playera a rayas con el puma en el pecho y unos shorts que completaban el uniforme que se parecía al que utilizaban los jugadores. En la mano izquierda cargaba una bandera azul y oro con el puma al centro, con la derecha me sujetaba al brazo de papá. Eran fnales de los noventas, papá me había llevado a ver jugar a los pumas contra el Cruz Azul, salíamos del Estadio Olímpico.
Para mí era nuevo el entorno, no tenía ni la menor idea de cómo era donde estábamos. Papá me metió por debajo de un tunel y fuimos a dar a un lugar abierto, con muchos edificios alrededor, y una especie de campo enorme al centro, con mucho pasto y árboles en ciertas zonas. Caminamos y caminamos, unos edificios tenían pinturas extrañas: recuerdo el rojo aquel, uno de los más grandes, me impresionó demasiado.
Seguimos en el andar por la Ciudad Universitaria, hasta llegar a un edificio con los bordes de las ventanas en amarillo, lo coronaban unos tubos metálicos, papá me explicó eran chimeneas. "Mira, hijo, yo de joven acá estudié", dijo mi padre con ese típico aire de progenitor intentando impresionar a su pequeño hijo.
Estar ahí fue una sensación diferente, mágica. De inmediato lo supe: cuando grande, yo quería estudiar ahí, aunque por el momento no supiera qué; para ello tuvieron que pasar once años.

sábado, 31 de julio de 2010

Ciento dieciséis cosas que (casi) nadie sabe de mí

Hola, muero de aburrición y mis cuentos están estancados. Sinceramente esto no es idea mía, lo vi en otro blog y se me hizo una buena forma de desaburrirme. Sirve que, si les interesa, pueden conocer un poco más de éste que escribe:

1) Tengo pavor a las serpientes.
2) Cuando niño, tuve un amigo imaginario llamado Pablito. Su hermana se llamaba Karina y usaba siempre vestido verde.
3) Soy adicto a la pizza de peperoni.
4) Para jugar al futbol soy zurdísimo, para escribir soy diestro. El cuchillo, para partir alimentos, siempre lo manejo con la mano izquierda.
5) Duré cuatro años sin cortarme el cabello.
6) Mi guitarra acústica se llama Marigalante,  fue un regalo de mi padre cuando cumplí diez años.
7) La primer banda de la que me declaré fan, fueron los Hombres G. Iba en quinto de primaria.
8) De niño, mi sueño era ser astronauta. Después quise ser chef, hasta la secundaria y aún en al prepa. Hoy estudio economía, ja.
9) En la primaria y secundaria, y gracias a un juego de Nintendo, me decían Boris. En la prepa fui bautizado como Pared, conocido para algunos como Chito, para los profesores siempre García García. En la facultad hay unos cuantos que me dicen Piedra.
10) Nunca he visto El Rey León.
11) Aprendí a nadar hasta los quince años. Antes tenía fobia a las albercas.
12) Soy fan de los mojitos, pero si son con Bacardi los evito.
13) Para mí, un domingo perfecto es igual a levantarme a las doce del día, mirar con mi padre el partido de los Pumas y que ganen. Después pedir pizza (véase el punto 3) y mirar los otros partidos o dormir... O no hacer nada.
14) Odio las mayúsculas.
15) Me deprimo el día de mi cumpleaños.
16) Me gusta dormir toda la tarde y hacer mis cosas en la noche.
17) Odio con todo mi ser levantarme temprano.
18) A los trece años me dio por escribir poesía y canciones.
19) Siempre odié la clase de Educación Física. Siempre he sido bueno en clase de Historia.
20) No me gusta el basketbol ni el beisbol.
21) Sueño con hacer un viaje de mochilazo, y vía terrestre, desde el sur de México hasta Chile.
22) Me gusta ver el futbol americano de la NFL, mis favoritos son los Acereros.
23) Me quiero casar vestido de traje rosa y tenis.
24) Soy un carnívoro declarado. Podría comer carne diario.
25) La cebolla cruda me hace daño.

domingo, 4 de julio de 2010

¿Cómo eliges un libro?

Primerante, haré una aclaración: como he mencionado en anteriores entradas, me desempeño como estudiante de economía, sin embargo, a pesar que el tema es sobre la elección de libros (los cuales compramos, ergo mercancías), no tengo ni la menor intención de traer a colación la teoría de elección del consumidor. Lamento si algún colega se siente decepcionado, ofrecería disculpas, pero sinceramente, me vale madres.
No sé por qué tengo la necesidad de mencionar todo esto, probablemente si no digo lo anterior no pasa nada, me sigues leyendo y punto; es solo que...

Quiero contar una anédocta, peculiar para mí, sobre una de mis novelas favoritas: Rayuela. Hace dos años me entró la cosquillita por querer leer algo más de lo que me dejaban en la gloriosa Prepa 6; recuerdo estaba de vacaciones, tal como ocurre ahora. Aquella tarde era muy aburrida: la calle silenciosa, mamá en la cocina, mucho calor como para salir, y yo tirado en la cama intentando encontrar figuras en las rugosas texturas del techo, tocando los mismos tres acordes de una canción quizá de Soda Stereo, y escuchando a lo lejos la televisión sin querer prestarle atención alguna, como una caja de ecos absurdos.

Repentinamente hubo algo en el televisor que me hizo enderezar y poner atención: la voz del hombre que habla en esas cápsulas de Televisa, que reconozco me gustan: Imaginantes. Había visto ya varias y repetidas, pero esa vez había una nueva para mí. El tema era sobre una relación amorosa entre un hombre y una mujer, que nunca acordaban verse, dejaban todo al azar para que los cruzara. El autor era, hasta entonces desconocidísimo para mí, Julio Cortázar; después de esa breve reseña sobre la historia, añadieron una anécdota personal del autor con un tema muy parecido al de la novela. Mi pasión por la relación amor-azar es enorme, al instante supe que debía leerla. Pese al entusiasmo, no fui para anotar el nombre del autor o de la novela en un papel, todo quedó mal grabado en mi mente.

Olvidé el asunto y continué mi vida. Por otras circunstancias, me decidí a hacer un viaje que sabía sería largo, horas y horas sentado en autobús, creí prudente llevar algo bueno para leer. Fue entonces que recordé lo de la novela esa del otro día, la que se escuchaba tan interesante, la que se llamaba... ¿cómo se llamaba? ¡puta madre, se me olvida todo! En un ataque de ansia, corrí apresurado a la computadora e ingresé a mi sito resuelve-todo-tipo-de-dudas: Yahoo! Respuestas. Ayuda con el título de un libro. Recuerdo que lo pasaron en una cápsula de Imaginantes en Televisa, la historia era algo así como el encuentro fortuito de dos enamorados en París ¿Alguien sabe cómo se llama?, pregunté. Tristemente nadie respondió. Intenté buscar la cápsula en televisión, descubrí que pasaban esas cápsulas a una determinada hora de la madrugada. Durante días acudí religiosamente en el mismo horario a sentarme frente a la tele, para ver si por casualidad ponían lo que buscaba, fue en vano. Por la mala, tuve que hacerme a la idea de que jamás podría hallar esa novela cuya simple reseña me había causado tanta fascinación. Reconozco me sentí frustrado.

jueves, 1 de julio de 2010

.martes te necesito los

hola.

martes los
. odio nadie me lea odio. mayúsculas las odio. odio amarte. odio pensarte. odio tu desprecio. odio me ignores. odio no me mates. odio tu rostro en

               el pasamanos del metro. odio tu espalda.

odio tus pelis. odio tus bandas. odio tu ropa. odio tu moda. odio extraerme. odio tus amigos. odio llorarte.

odio escribirte.
odio no contestes.
                                                                                        odio tus ojitos.
                                                                                       odio a él. odio tus lunares. odio el ciento ochenta y

nueve. odio tus fotos. odio tu escuela. odio encontrate. odio estar enfermo de ti.  odio me dé frío en las

noches. ¡revoleo y ahora tú! odio estés tan lejos. odio no verte. odio no me mires. odio
me escuches no.

el monitor odio. odio el teclado. odio el mic.
odio me
              quieras.                
                            odio te vayas sin decir te quiero. odio no
                                                                                 decir
                                                                                 te amo. odio

 me desees suerte. odio desearte suerte. odio ser tan cobarde. odio no estar contigo. odio
no decirte lo que siento. odio no darte la carta. ¡te odio!...


                                                                                                                     odio mentirte.                                chau.

domingo, 27 de junio de 2010

Yo Taredsita.

Primer día de clases y sepa la chingada qué hago aquí, no sé si haya sido la decisión adecuada; varios de la secu quedaron de venir acá pero me dejaron solo, aunque no es tan malo, hay dos o tres tipos simpáticos y lo importante: traen balón, hay que probar que tal está ese campod de tierra con vidrios que le llaman cancha de futbol.
Juego y me toca tirar hacia la reja enorme, creo que de mi equipo son el de blanco, el de café, el de naranja, el moreno del cigarro y el de lentes... De igual forma son un chingo, yo nomás agarro a patadas al que me pase por enfrente, con suerte le quito el balón y lo reviento, que se hagan bolas los otros. Gol en contra y por culpa mía, eso me pasa por ofrecerme a ser el último defensa. Entiendan, fui engañado, no iba a adivinar que el que me pidió la pelota era rival, y todavía se caga de risa el muy hijo de puta.

Han pasado meses y lo paso bien. No me quejo, es más, me gusta, me divierto. En las primeras semanas me alejé de dos tipos raros con los que me juntaba, nunca entendí de qué se reían. Ahora es distinto, me junto con Chueco, Patón, Gamboa, Emo, Gordita, Tulio, Memín, Paz, Manigüis, y Leos. A mi me apodan Pared y no me viene del todo mal. Pared, Leos, no Tared ni mucho menos Taredsita, jaaa, te pasas, Leos.
Sí, Leos, el que me engaño cuando el gol del primer día, no es un hijo de puta, al contrario, demasiado bonachón para una punta de cabrones como nosotros; pienso que por eso luego le cargamos la mano, pero así son ellos, quiero decir nosotros, porque por primera vez en mi vida me siento parte de. Así son las clases, las horas libres, las tardes; futbol y joder y joder, reir y de nuevo joder. Leos, Patón, Manigüis no se enojen. Joder hasta el cansancio, literalmente, porque el Patón ya no me habla como antes, y Leos se está alejando mucho. No se enojen amigos, es juego, igual tocamos el balón y todo pasa.
Pobre Leos, tan enamorado de la tal P..., cómo explicarle que las chicas plasticas no andan con tipos nobles, no sufras, Leos; lo quiere solo porque ya va en la facultad y trae coche y la deja en la puerta de la prepa. Por un momento creo que lograrás tu objetivo, pero a la mera hora me doy cuenta que todo fue una farsa de su parte. Jamás podrás competir con él, mi amigo, por más que la ames y las cartas y el peluche. Tranquilo, Leos, no te pongas mal.

Llevo dos años gastando mis días en este sitio, no quiero calificarme con el adjetivo feliz, pero es que esto se parece tanto a... Fila de reinscripción a mi último año, estoy con Deivid e Isra; Chueco llegó temprano y nos apartó luegar, aunque quién sabe dónde anda metido ahora. Qué impaciencia, y eso que es la última vez que nos reinscribimos, o tal vez sea por eso, de igual forma... Ahí viene Leos, que no me vea, chin. Hola, Leos; está bien, sí te puedo meter a la fila, pero no le digas a nadie.
Chueco saluda y me hace segunda para platicar con Leos, cada palabra dicha y empiezo a preguntarme por qué no quería que me viera en la fila, idiota de mí. Así que medicina, Leos. Chueco parece que alguna ingeniería y yo estoy entre economía y administración. Tienes que rifarte mucho en mate porque... Okey, Leos, ya te toca formarte allá, sí, de nada, suerte, nos vemos.

Así es la vida, hermano. Hoy supe que te fuiste a vivir en las las estrellas y no puedo evitar la tristeza. Porque ahora ya lo puedo decir sin miedo: en la prepa fui feliz, e indudablemente formas parte del recuerdo. No voy a ser hipócrita y decir que fuiste mi mejor amigo, tampoco tiene caso caer en banalidades y elogiarte. Los que tuvimos la suerte de que compartieras parte de tu vida con nosotros, sabemos cómo fuiste. No me queda más que agradecerte la presencia, la confianza, la alegría, las risas, los goles y el que me digan Taredsita. Hasta luego, Leos. Hasta pronto.

martes, 27 de abril de 2010

Sobre El gran mentiroso (ella te espera en París)

No siempre se pueden dar grandes explicaciones al respecto, apareció una noche, así de la nada: postración, soledad y una mentira alrededor de. Igual puede ser cualquier cosa que el lector desee, me conformo con eso: que sea; no forzaré nada. Si además gusta, venga, me habrán hecho el día.

Dale, que no solo esté, que también sea: El gran mentiroso (ella te espera en París)

Con el sarcasmo de siempre.

el taciturno  no-estoy-triste drián.

El gran mentiroso (ella te espera en París)

Ayer vino y estabas hecho una sopa, tiritabas de frío pero andabas de orgulloso; ella tan linda y radiante con el nene en brazos, se bajó apurada del taxi y vio el zaguán entreabierto, sabía que era tu hora de llegada. Detrás el castillo de valijas, pobre caballero, cargar tanto bajo la lluvia por una miserable propina. Tú no sabías si rabiar o reír, lo mismo la dejaste pasar; te sentaste en la sala, te importo poco enlodar los sillones nuevos, no sin antes hacer una escala al vestidor para cambiarte solo la camisa. El niño se echó a correr y te dio un gran abrazo, le besaste la frente y los ojos ¿quién no lo haría con tan adorable criatura? Ella se limitó a observar la escena del amoroso padre, se guardaba las ganas de llorar y por dentro le quemaba el deseo porque tus labios se apretujaran no contra la frente y los ojos del niño, sino contra los suyos.
Aquél estuvo telefoneándola constantemente pero ella se resistió a contestar, cuando menos lo imaginaron: aquél, afuera como energúmeno, golpeando el zaguán una y otra vez. Ahora tú te convertiste en el mudo testigo, parado en el garage y con la cara bien pegada a la cornisa de la puerta, la viste rechazar las manos de aquél, y manotear y bufar y gritar: "¡Fuiste un error, vete a la chingada!".
La camisa se te empapó de nuevo y nunca supiste si fueron las gotas o tus lagrimones. Entraron a la casa y el niño estaba hecho una roca, entonces te entró el espíritu de hechicero: cambiaste la varita por una pelota y así le diste vida al inanimado objeto. Ella al lado de ti, sin decir una palabra; el tiempo se detuvo alrededor de la esfera de polímero y las torpes manitas, cuando regresó, el peque estaba dormido ya en un sillón y ustedes seguían ahí, hombro a hombro, con los ojos clavados en el parquet y esa ausencia a punto de romperse, como la impersonal compañía de transporte público que da tanta tristeza pensar. Lo fuiste a dormir a su recamara y luego bajaste y hablaste con ella, como seguías confuso preferiste no empezar hasta servirte el Jack Daniels, para ella una copa de vino. Subieron a su lecho y te acostaste con ella, no sé cuantas veces susurró a tu oído tu nombre. Dejó el rastro de cada letra rozando tiernamente tus lóbulos, tibia se replegó en tu pecho, y tus hombros y su pelo se empaparon de la húmeda hojarasca de arrepentimiento; cara con cara y sin querer, el salado néctar les mojo las bocas y de a poco ese puro licor se diluyó para ver nacer un nuevo brebaje más dulce y más espeso, consecuencia de la suave y paulatina incursión de tu lengua en el acuario perfumado de uvas y maderas afrutadas, el acuario que se abría solo para ti con todo y sus filosos accidentes, los que implorabas tanto cuando tu soledad.

domingo, 25 de abril de 2010

Cabrón, te estás haciendo viejo.

Hoy como a eso de las nueve de la noche me dieron ganas de mear e hice lo propio, descargado el líquido me miré en el dividido espejo del baño pero algo era distinto, sentía como si una fuerza dejara de pesar en mí; lo reflexioné unos segundos y no, no era el simple hecho de haber meado porque días anteriores meé en repetidas ocasiones y esa sensación no estaba. Hice un poco más de esfuerzo mental y cuando dí con el clavo limité a decirme: cabrón, te estás haciendo viejo. Seguro si se enteran de mis dieciocho, se cagan de la risa.

Explico. Me es difícil precisar en qué momento pasó, cuando vi ya estaba: sábados y domingos muy parecidos a lunes y miércoles o incluso a los horrorosos martes. Por distinto que fuera el asunto, cada sábado había que estar a una hora en un lado, aprovechar los minutos breves para reponer el sueño y seguir; apurarse a estar puntual con los amigos, llegar antes de que cierren la biblioteca; y jodido que no pasa el camión y el tráfico en sábado no es tan reducido como debería.
Ya está, llegué a tiempo, pero no me puedo quedar mucho rato porque tengo que (insertar aquí nombre de actividades cualesqiuera). Y otra vez: maldito camión, ya es tarde... ¡tengo sueño! Adelanto un poco de acá y me da tiempo de dormir unas horas, mañana me levanto a las... y sigo.
¿Supiste lo de la niña Paulette? No ¿qué onda con ella?. ¿Viste el partido del Cruz Azul? No ¿cómo quedaron, estuvo bueno?. ¿Supiste del concierto de...? No ¿cuándo fue?
Al inicio de este periódo de tiempo había una ventaja: actividades con amigos. Estoy chavo, chingá, asi es esto de pasarla con la banda. Luego todo se deformó y las compañías amistosas se esfumaron, ahora estaba rodeado de libros, sí, libros rojos, viejos y pesados (o en su defecto copias de libros); y no solo eso: la terrible sensación de que me llevaría la chingada si no terminaba esos libros antes de la fecha indicada. Así pues me deje llevar: democracias malditas, capitalismo de mierda, ah que jodido ha estado el mundo siempre, preferiría no saberlo, deseos de dormir, siesta de dos horas y a checar cuantas páginas faltan, puta madre, ya falta poco para el examen y me falta sacar un libro.
Llegó el ansiado/temido/fastidioso día del examen: levantarse temprano a repasar; uy, tengo hambre y solo da tiempo para desayunar un par de tortillas con sal, hubiera puesto algo anoche... no hay tiempo, ya es tarde. Dos horas y media para redactar dos ensayos y a mí que no se me ocurre nada... sí, es buena idea pero no quiero parecer un fiel seguidor rojillo, da igual, carajo, el tiempo corre, escribe, escribe; una hoja, dos, tres, y así hasta ocho; puto dolor de mano, puta pluma; seguro no paso... pensándolo bien escribí mucho más que otros, a huevo me chingué a varios; ¡ah, el análisis! no debí ser tan severo con eso del capitalismo; estúpida inseguridad. Dormir, necesito dormir. Recarajo, más exámenes: hay que leer a Marx... que hueva, mejor al tipo ese que hace resúmenes de Marx, el que me recomendó el profe aquel... Las derivadas, cincuenta ejercicios y no llevo uno solo, mañana leo un poco y después hago derivadas, no, mejor empiezo con derivadas luego lectura... tengo sueño, quiero dormir.

Así transucrrió un periodo no breve, lo suficientemente largo como para dificultarme el recordar cuando fue la última vez que me sentí como hoy que me vi en el espejo después de mear. Me di cuenta de lo que alteraba (si estás en este punto de la lectura, disponte a encarar una breve reseña de la actividad de un simple mortal). Me levanté temprano a nadar y el agua caliente me relajó de inmedianto, aun así el agua siempre está caliente en este sitio solo que hoy no hubo rutina de crol y dorso como lo dicta la costumbra; esta ocasión la sustituyó una jocosa plática de caballeros llena de albures y chistes vulgarsones, pero sobre todo risas, muchas risas, carcajadas despreocupadas. Llegué a casa y como no había que ir a la biblioteca a hacer algo, me puse a tocar la guitarra (o acariciar a Marigalante, como yo le digo); sonó un blues melancólico, rock´n roll alegrón, alguna baladita cursi y no sé cuantos covers de Fito Páez. Habían pasado cerca de dos horas y tenía hambre, afortunadamente mamá trajo qué desayunar del mercado y pude disfrutar de una tostada de pescado y unos tacos de longaniza aderezado con una charla de cualquier cosa con mi madre. Me dio sueño y como no había lectura que hacer o amigo a quien topar, me dirigí pleno a la cama a dormir, y lo mejor: me rebelé y no puse el despertador. Me despertó papá diciéndome que si íbamos a echar el taco a la calle, mi modorra estuvo a nada de hacer que me negara pero lo pensé detenidamente y no había motivo, podía regresar a dormir toda la tarde. Comimos en una taquería chiquita y hablamos de nada, pero de esas platicas de nada que son tan necesarias tal que, si no estuvieran, perdería sentido un discurso de mil horas sobre algo; el trayecto me dio para poner atención en lo calurosos que son los días ahora, y yo que salgo diario y no me había dado cuenta. Llegué a casa y, contrario a mi plan de dormir toda la tarde, me descubrí sin sueño; ahí estaba papá, viendo el partido entre Chivas y Cruz Azul y con un lado de la cama totalmente vacío, como llamándome a que me echara al lado del viejo. Y así fue, pasaron horas trás hora hasta ser cuatro, cuatro horas de no levantarse más que para ir al baño y rellenar el vaso de refresco, cuatro horas hablando de lo mal que juega El Azul, la fortuna del portero de Chivas, la mediocridad tanto de Pachuca como de Tigres, las no ganas de ganar de Morelia y el buen toque (aunque me duela) de Monterrey. Me di cuenta que con ese nivel de futbol mis Pumas tienen fuertes cartas para salir campeones (porque de ellos sí veo los partidos así se caiga el mundo).

En una de ésas me levanté al baño y ocurrió el enfrentamiento con el espejo que narro al principio, regresé con papá pero todo se había esfumado: él ya no estaba y en la tele ya no había partido del Atlas sino unas caricaturas horribles. No importó, vine a la computadora y me puse a platicar estupideces con los amigos, saber de gente de la que me ausenté de alguna u otra manera, escuchar música y leer otros blogs; pasó la medianoche y se despidió el último de los amigos con quien hablaba, con él se despidió también el ruido y me saludo el hambre y la madrugada; comí puré de papa y entré a escribir al blog hasta ahora, minutos después de las tres de la mañana.

Últimamente he evocado insistentemente a la casulaidad para encontrarla repentinamente, ella, sus ojos, en la biblioteca o en un parque o en el transporte; sin embargo me he olvidado de pedir (y hacer por) días como los de hoy: la risa no planeada, la platica con mamá, las horas de tele y papá, el absurdo con los amigos, la comida que no se traga, se saborea; y el silencio profundo de esta madrugada, el sueño que se apodera de mí así como cuando la muerte llega lenta por veneno. No, no es que esté de vacaciones, simplemente tuve un sábado normal, intrascendente como los de antes pero ahora valioso entre los de ahora. Es cierto, da gusto vivirlo pero tristeza saber por qué da gusto; porque algo se transformó y anda, cámbialo, a ver como le haces, imposible- o una máquina de papel para elegir a placer momentos en la infinita línea de tiempo-.

Y sé que éste será el último renglón que escribo y no dejo de repetirlo: cabrón, te estás haciendo viejo.

sábado, 3 de abril de 2010

El primer aniversario de Una Pared en Tecknicolor.

Hola.

Se acerca el primer aniversario de este espacio y aprovecho que tengo tiempo disponible para hacer la respectiva entrada tratante al tema. Me cuesta asimilar que ya hayan transcurrido casi trescientos sesenta y cinco días desde que coloqué aquella timorata primera entrada, porque sí, eso de lanzarse al ruedo de abrir un espacio sin tener claramente que hablar, no es precisamente lo más adecuado, por lo tanto soy un perfecto inadecudo (¡oh! vaya descubrimiento).
Pero las cosas no han cambiado tanto, sigo siendo el mismo errante, al poner el hola de esta entrada no sabía que tanto iba a escribir, y heme aquí, improvisando al más puro estilo de un jazzista de New Orleans.

En definitiva Una Pared en Tecknicolor no termina de aterrizar, empezó siendo una especie de diario personal para luego tomar el rol de denuncia social (al estilo del señor Garralda... ¡no se deje!), muy bizarra, por cierto; luego me entró el gusanito de la creación literaria y alguien me convenció de que esas historias que salían de mi mente y que solo yo conocía, podían ser publicadas y leídas por alguien más; así fue que en mi mente se acostaron la vanidad y la soberbia, y me dio por querer publicar mis sosos cuentos, pero ¿dónde hacerlo? ¡claro, en el blog!
Justo cuando parecía que el blog tomaba ese rumbo apegado a la pseudo intelectualidad ¡zaz! aparece un tedioso ensayo sobre la pobreza en un pueblito que apuesto no conocías ni su nombre (y si sí, te ofrezco una disculpa)... Así ha transcurrido este año del blog, con las entradas que están disponibles y los borradores en los que se congelaron otras anécdotas urbanas, algunos cuentos, reflexiones y hasta una entrada con algo totalmente empírico, lo cual, me enteré con posterioridad, se relacionaba con la filosofía hegeliana (lo acepto, no lo publiqué porque me sentí desnudo, me dio miedo declarar sin conocer a dicho autor).
Relacionando al objeto con el sujeto (este que escribe ahora), puedo decir que mi vida, en esencia, sigue siendo la misma, salvo que: me emborracho con mayor freceuncia, tengo los zapatos más sucios, el cabello más corto y cuatro cicatrices nuevas; la mitad de las ilusiones están rotas, me encuentro gama veces más confundido, mi guitarra suena más triste y mi pluma cada día es más ambiciosa. Haciendo un balance general... mejor no hacelo.

Para celebrar el primer aniversario de Una Pared en Tecknicolor, presentaré una extensa entrada dónde expondré los grandes mitos del sexo y aquellas preguntas que pocos se atreven a hacer... ¡desilución! no lo haré. En verdad, quisiera recompensar a todo aquel que me ha seguido a lo largo de este año... un momento: no creo que exista tal; abaratemos entonces las recompensas entregándolas a todo aquel que haya llegado a este punto de la lectura... lo siento, lamento desilucionarte de nuevo, no hay tal recompensa (a menos que tú te crées una y hagas de cuenta que yo te la di). En realidad no hay nada especial para este aniversario, pensé en festejar con un par de nuevos cuentos y una nueva imagen pero no me fue posible, la depresión me inmoviliza tengo otras que hacer; tal vez más adelante.

Con el sarcasmo de siempre, drián.

*NOTA: El cuento Los dos elefantes de Luna finalmente no fue publicado en la revista Clocharde. Según me enteré, argumentaron que el texto era demasiado extenso, aunque la verdadera razón (sea cual sea, no me interesa conocerla) es conocida solo por los editores de dicha publicación, quien desee conocerla puede dirigirse a ellos.
Al respecto, hay un proyecto al que fui invitado, el cual, reconozco, me tiene emocionado y con grandes expectativas; me encantaría compartir toda la información en este mi espacio, pero esperaré a que las cosas tomen una mejor forma para hacerlo.

domingo, 14 de marzo de 2010

Pobreza y subdesarrollo de Tinum, Yucatán, en la última década.

**La siguiente investigación fue realizada por mi persona en diciembre del 2009 a manera trabajo final para la materia de Investigación y Análisis Económico I que se imparte en el primer semestre de la carrera de Economía en la Facultad de Economía de la UNAM, y cuya persona al frente para el grupo 101 fue el Dr. Roberto Iván Escalante Semerena. La pongo tal cual fue presentada para los fines escolares salvo algunas modificaciones que tuve que realizar en el formato para que pudiera adecuarse al blog, sin embargo el contenido está intacto (los cuadros estadísticos fueron puestos al centro y las notas a pie de página están señaladas con un número entre paréntesis con cursivas "(n)", y podrán ser consultadas en la parte inferior de la investigación).
La anexo porque fue hecha a partir de las observaciones realizadas en mis viajes a la Península y bien podría ayudar a esclarecer un poco lo planteado en la entrada México para los mexicanos. (julio 2009).


Pobreza y subdesarrollo de Tinum, Yucatán., en la última década.

Índice

Introducción
1. Características generales del estado de Yucatán.
2. El caso específico de Tinum.
3. Aspectos teóricos del desarrollo económico.
Conclusiones.
Bibliografía.

Introducción.

El presente ensayo surge a partir de inquietudes generadas por observaciones que realicé en una serie de viajes en solitario a la Península de Yucatán entre junio del 2008 y el presente año, donde tuve la oportunidad de tener acercamientos que más dar respuestas causaron diversas preguntas.

Las primeras observaciones tuvieron lugar a mediados de 2008 en una visita al sitio arqueológico de Chichen Itzá, en el marco de los preparativos del concierto que daría meses después la estrella internacional Plácido Domingo y cuyas entradas alcanzaban hasta los siete mil pesos mexicanos según gente local.

Pequeñas preguntas comenzaron a rondarme sobre cómo beneficiaría a la población cercana (que cabe señalar que, en su mayoría, la percepción sobre el sitio arqueológico va más allá de ser un montón rocas en ruinas), sin embargo el glamur que posee el lugar fue capaz de centrar mi atención en otro tipo de cosas irrelevantes de mencionar.
Posteriormente en diciembre de 2008 realicé una nueva visita, ésta vez, entre otros sitios, acudí a la ciudad de Izamal y al sitio arqueológico de Uxmal.
Camino a Izamal el camión realizó alrededor de tres escalas en poblaciones pequeñas donde pude mirar condiciones de vida en los habitantes que quizás no son las más óptimas: gente descalza, casas con piso de tierra y sin agua entubada, y pequeñas escuelas de tipo rural.
Mayor fue la sorpresa al conocer Uxmal, se presentaron hechos que me llevaron a la reflexión y que para darles atención había que hacer un poco de lado las apariencias espectaculares propias del lugar y mirar un poco más allá. Entre un puñado de gente apareció una imagen simple pero que decía mucho: hombres blancos francoparlantes y de cabellos rubios, portando ropa de marcas reconocidas, y en cuyos hombros se sostenía un trípode que hacía juego con la cámara de lente grande y retorcido que les colgaba al cuello. Caminaban por una senda al lado de un antiguo templo maya, tras del cual apareció una mujer envuelta en un vestido blanco contrastante con su tostada piel y la negrura de su cabello. Traía una escoba en la mano y estaba parecía dispuesta a barrer con empeño parte del templo, a pesar de la temperatura del suelo y su ausencia de calzado.
Alzó la visto y la lanzó una exclamación en una lengua que no era la castellana, deduzco que era maya; a los pocos instantes apareció un hombre bajito e igual de moreno, éste traía unos huaraches muy desgastados y un pesado bulto en la espalda que abarcaba toda su espalda. Intercambiaron algunas palabras y continuaron sus labores.

A mediados del 2009 tuve la oportunidad de regresar a la península. Teniendo como punto de partida Mérida, Yucatán; hice una de mis escalas en Tulum, Quintana Roo(1). Donde de manera no planeada tuve una charla interesante con un amable taxista.
Básicamente, según sus propias palabras, me comentó que los tres estados que conforman la península de Yucatán pueden ser catalogados como una sola región cuya capital es Mérida. Y en la que, en términos generales, la mayor entrada de dinero provenía de parte del turismo y que la mayoría de la gente que vivía en regiones con atractivos turísticos tenía como fin incrustarse en la prestación de servicios de este tipo ya que no existen otro tipo de industrias.
Ahora bien ¿cuál es la finalidad de describir una imagen que seguramente es muy repetida y cotidiana en muchos sitios? ¿Por qué sacar a colación una conversación con un taxista?
Relativo al primer cuestionamiento, no se busca en este ensayo exaltar exacerbados sentimientos nacionalistas sin fundamento alguno, ni victimizar de manera trágica a los individuos cual si esto se tratara de una novela literaria. La idea es enfatizar en la desigualdad social que se puede presentar en un lugar cualquiera del mundo y encontrar las causas, el por qué es así y no de otro modo, por ejemplo: ¿por qué la mujer maya no se encuentra en París con una cámara fotografiando Versalles y que tan posible sería que esto sucediera?
Sobre la charla con el taxista, es mencionada debido a que significa un testimonio de alguien que habita la región y que tiene su percepción de ella, y que siente que el turismo es el gran sostén en la zona. Errado o no, él es parte del día a día.
Se trata de poner en entredicho el desarrollo social de la región y qué tanto tiene que ver el Estado en ello.

Para ello el presente trabajo se limitará al estado mexicano de Yucatán, presentando primeramente una semblanza sobre su actividad económica y los rasgos de su población.
Después se cerrará el campo de estudio al municipio de Tinum, donde se localiza la zona arqueológica de Chichén Itzá, y presentarán datos relativos a la pobreza y a la educación.
Posteriormente se expondrán, de manera muy breve, algunas de las posturas teóricas relacionadas al desarrollo económico.
Finalmente se mostrarán las conclusiones. En ellas se buscará contrastar la realidad percibida con la que muestran los números y se hará una evaluación sobre que tan funcionales han sido las medidas adoptadas por el gobierno y si en verdad es benéfico para la población de Tinum el hecho de contar entre sus tierras el sitio de Chichén Itzá. Por último se planteará una posible solución al problema que aqueja a la región.

viernes, 26 de febrero de 2010

Posible cierre temporal.

Los últimos días han sido en extremo complicados en la mayoría de los aspectos, la presente entrada es para advertir al posible lector de Una Pared en Tecknicolor una falta temporal de nuevo material en este espacio, la cosa es simple: la escuela demanda mi tiempo y a pesar que no dejo de tener ideas, a veces me es imposible desarrollarlas como quisiera. Igual se quedaron varios borradores en el aire y ahora trabajo un cuento en los tiempos en que poner atención a la economía política y a la teoría microeconómica me resulta absurdo y francamente imposible. Espero pronto terminarlo y tener la oportunidad de compartirlo en mi blog.

Con el sarcasmo de siempre.

drián.

domingo, 7 de febrero de 2010

Sobre Los dos elefantes de Luna.

Los dos elefantes de Luna trata de un retorcido escritor y la sorpresa que se lleva cuando alguien muy especial le solicita un extraño regalo. El protagonista se adentra en una búsqueda de la que podría obtener algo más que sólo un presente.

La idea me vino a la cabeza exactamente hace un mes y apenas pude publicarlo esta madrugada. A pesar de ser el más reciente, es ya mi cuento favorito. No tengo más que agregar, ahora el texto pasa de volar en mi cabeza para hacerlo en la de quien lo lea; espero tenga el mismo efecto.

Lo pueden leer más abajo en el blog o también haciendo click aquí

Y recuerden: al que le guste, un abrazo; al que no, que se muera...¡un aplausazo a la estupidez!

Con el sarcasmo de siempre. drián.

Los dos elefantes de Luna.

Para Juan todas las mañanas consistían en una ansiada sorpresa, esta ocasión lo diferente fue que el sol no le despertó con sus rayos; por el contrario, las nubes ocultaban al astro rey mientras dejaban salir de sí un inocente chipi chipi, robándole luminosidad a la Ciudad de México. "A la gente le gusta encerrarse cuando el cielo nos regala gotitas, como si le debiera algo al que hace llover; eso sí, no paran de llenarnos los diarios con notas diciendo que el agua se va a terminar. No lo entiendo, el agua nos purifica y deberían aprovechar para salir y sentir toda esa humedad cayendo sobre el rostro. Son días tan místicos, tan hermosos. Y a nadie le hace mal llegar a casa mojado y después quitarse el frío con una humeante taza de café y una buena charla", decía Juan cada vez que llovía.
Se levantó con la rutina de siempre. Lo primero era revisar el calendario para tachar el día correspondiente, tenía una obsesión con la medición del tiempo que si no era descargada en el calendario, lo era con un extraño reloj de bolsillo que un día encontró por ahí tirado, de ésos que tienen una cadena atada y que ya pocos usan. Lo segundo era quedarse sentado un rato en la orilla de la cama y con los pies descalzos, gustaba de la sensación del cemento frío en sus plantas para luego pensar en la ruta cósmica (así llamada por él) que le esperaba ese día.
Posteriormente daba un beso a la foto de Luna y con ello venía la triunfal salida del lecho de descanso con dirección a la estufa, no sin antes darle los acostumbrados buenos días a sus gastados zapatos de piel.
Fiel a la costumbre echó dos huevos a freír en el sartén, llevaba años desayunando lo mismo; cuando le preguntaban si no se aburría respondía que sí: "debe ser aburridísimo desayunar lo mismo todos los días", afirmaba; pero agregaba que le bastaba imaginar que comía otra cosa para saciar su necesidad de cambio: "a veces me hago el rico y juego a que desayuno caviar y me basta y me lo creo, y hasta tomo el periódico como los grandes señores, como los que uno encuentra diario trabajando en los edificios la zona fashion de Reforma. Otras veces me conformo con pensar que desayuno tamales o enfrijoladas, como toda la gente que desde temprano hace fila allá afuera para tener el placer de iniciar el día con los manjares de Doña Rosy."
"Eso sí- aclaraba- el café con leche lo tomo diario y sin variación desde los trece años. El atreverme a iniciar el día con otra bebida me resulta una riesgosa aventura de la cual temo no salir vivo... o quedar más muerto, pues."
Ya instalado en la mesa, tomó uno de los periódicos viejos que tenía apilados junto a la puerta de entrada al cuarto en que vivía. Para él la actualidad era algo irrelevante y afirmaba que leer el periódico del día podía llevar a sus practicantes a una vertiginosa y envolvente locura. Decía que lo grave no era estar loco, sino no reconocerlo. Por ello la preferencia a leer diarios viejos, porque para Juan resultaba lo mismo: las noticias seguían siendo igual de malas y allá afuera los locos vertiginosos seguían sin reconocerse.

Terminó el proceso de despertar/desayunar y la valía de aquello radicaba en que era lo único que hacía igual todos los días, lo posterior era resultado de su instinto mezclado con la ruta cósmica: impredecible tanto para los metafísicos como para los probabilísticos matemáticos.
Fue entonces que se trasladó hacía su pequeño escritorio, de entre papeles con garabatos y notas sacó el cuadernillo en el cual escribía una novela. Lo miró pero no por mucho tiempo, metió las manos en su cabellera de rulos y echó otro vistazo al cuadernillo. "Hoy tampoco sale nada, carajo", dijo fastidiado. Cuando se dio cuenta estaba ya caminando apresuradamente y en círculos en aquel cuarto alquilado.

El consultar el calendario inmediatamente después de despertar le había permitido estar al tanto que al día siguiente era el cumpleaños de su hija, la idea le había robado el pensamiento durante el transcurso del incipiente día. Quiso, a parte, romper su racha maligna de dos semanas enteras sin poder añadirle algo nuevo a la novela. Se sentía agobiado y pensó que debía seguir buscando la respuesta afuera, entre la gente y bajo el tierno chipi chipi.
Se puso los pantalones, el gorro, la gabardina y los únicos zapatos que tenía (aun a sabiendas que la suela estaba ya rota y terminaría con los pies llenos si no de agua encharcada, sí de escupitajos o en el mejor caso lleno de los dos. Si pasaba lo tercero, se evitaba el tormentoso dilucidar sobre qué sería eso único que le mantenía los pies mojados; el conocer que era en parte agua y en parte escupitajo le permitía irse a la cama con al menos una certeza y conciliar el sueño acompañado de una tranquila sonrisa.) Salió de los edificios en Copilco, saludó a Doña Rosy y ella le contestó exactamente de la misma manera; como si Juan hubiera saludado a un espejo.

Tomó rumbo hacia el Metro, como no era hora pico tuvo la suerte de alcanzar un asiento. Le gustaba la forma en que contrastaban el naranja de los vagones con el verde chillante de los asientos; le parecía una divertida lucha entre dos fuerzas cuyo fin es ver quién captaba más la atención del ojo de los usuarios.
Se puso Juan a observar a toda esa gente de prisa, a los vendedores y a los niños curiosos. Le dio por bajarse en una estación sin siquiera fijarse cuál y luego se adentró en calles y avenidas. Fue a dar a la plancha del zócalo, corazón material del país, sal y pimienta de la ciudad. Estuvo un largo rato de pie y el cuadernillo de notas que guardaba dentro de la gabardina le quemaba el pecho, era como si tuviera vida propia y le ardiera para avisar que él también quería estar expuesto y apagarse con el chipi chipi. Juan sacó el cuadernillo acompañado de su inseparable compañera la pluma e hizo un par de anotaciones e igual número de rayones sin sentido. Continúo caminando y cruzó palabras con dos vagabundos, tres activistas, cuatro músicos, un plomero y una doña que trabajaba un carro de frituras; todos ellos una sinfonía de locos (pero de los que se reconocen como tales, nada grave).
Para cuando Juan hubo observado el reloj de bolsillo por kaésima ocasión, éste le indicó que pasaban las cuatro de la tarde. Guardó el cuadernillo y se movió hacia un teléfono de monedas para contactar con Dreso, un viejo (y cada día más nuevo) amigo; regordete y sofisticado contador, hermano del amor de su vida.

lunes, 25 de enero de 2010

Sobre Combos para el despecho (y la fama)

Para mi amigo Poncho, ojalá un día lo lea y le guste.

A veces al despecho se le relaciona con el desamor, pero la aparición del primero no es necesariamente derivado del segundo. Y dentro de la confusión las personas pueden comenter cualquier infinidad de acciones para que al final paren un poco y se den cuenta que siguen en el punto del que partieron.
Estando en el autobús y luego de dieciocho horas de viaje de México-Mérida, me dio por pensar en ello y terminé sacando el cuaderno para escribir los Combos para el despecho (y la fama).

Recuerden: al que le guste, un abrazo. al que no, que se muera... ¡un aplausazo a la estupidez!

Con el sarcasmo de siempre. drián.

sábado, 23 de enero de 2010

Combos para el despecho (y la fama).

Combo héroe.

Elija el día más cotidiano posible. Si se le dificulta, coloque el dedo índice sobre un calendario grande (los que dan los marchantes, con los números abajo y alguna imagen en la parte superior funcionan bien), cierre los ojos y trace una Z con el dedo. Repita el dibujo tres veces y descanse el índice sobre el papel justo cuando haya concluido el último rasgo aéreo de la Z.
Esto no le asegurará elegir el día más cotidiano, pero sí que la posible equivocación no sea suya sino del azar.

Ahora bien, dos días antes del día seleccionado se consigue un emisor de melodías cualquiera; un banjo,un tocadiscos o un emepetrés funcionan bien. Reproduzca a José Alfredo Jiménez en cualquiera de sus formas y deje que el dolor le entre por los oídos y de apoco se le recorra al corazón y las venas.

El siguiente paso consiste en localizar a una persona involucrada en una de sus mal logradas relaciones amorosas, normalmente la última funciona adecuadamente; si tiene varias opciones y no se va por una, entonces tómelas todas.
Es en este momento cuando usted utiliza en toda su extensión el libre albedrío del cual es poseedor y escoge entre ser estrambótico o ser discreto.

jueves, 14 de enero de 2010

Sobre Cuento 3.

Chito es un hombre frustrado, dueño de un popular centro nocturno en Tláhuac; una noche encuentra por casualidad a un viejo amigo, el cual le hace pensar en aspectos del destino.

Lo puedes leer aquí.

Cuento 3 lo escribo después de casi medio año de no crear ningún cuento. Dicen que la inspiración no existe, que solamente es el impulso de escribir; yo no sé que tan cierto sea, sólo sé que una noche supe que tenía que hacerlo.
Casualmente el día que publico el cuento tuve la oportunidad de tener una interesante plática en el Parque México con un callejero soñador que escribe sobre la vida bajo el pseudónimo de Cualquier Cualquier, que tipo tan raro, digno de ser un personaje de cualquier historia (de hecho es el protagonista de su vida, y pareciera fácil serlo hasta que analizamos con detenimiento que muchas veces no somos los protagonistas de nuestras vidas); en fin, dejó varias palabras que siguen haciendo ruido en mi cabeza.

A la vez quiero mencionar que el cuento presuntamente será publicado en la revista independiente Clocharde bajo el mismo pseudónimo que utilizo acá: drián.

Para finalizar, en esta vida lo menos que uno puede hacer es ser agradecido; por lo que quiero agradecer desde esta Pared en Tecknicolor a mi carnalito de letras: Monsieur Orlanskin Zaldirovich. Y si bien desconozco si soy bueno o malo escribiendo, sí sé que él ha tenido mucho que ver para que me haya animado a escribir y sobre todo a confrontarme con lo que escribo, cosa no fácil; primero empecé con el blog y luego me convenció (porque así fue, reconozco que en un principio yo no pensaba tomar tal oportunidad) de publicar en la revista.

miércoles, 13 de enero de 2010

Cuento 3

La idea sobre la existencia del destino y de cuánta capacidad de influencia tenemos en él es algo que ha generado grandes debates para los profundos pensadores de la vida.
Para mí, un empresario venido a menos, el destino era algo totalmente inexistente; porque fui yo quien a conciencia pura se encargó de pasar de ser el lúcido estudiante de letras francesas a un mal intento de bussines man, dueño de un table dance de mala muerte en avenida Tláhuac: el Chidongongo.

Ayer me encontraba en el negocio, pasaban las nueve de la noche. Era una velada tan gris como las de todos los martes, cuatro microbuseros y dos oficinistas hacían el mayor escándalo posible y le combatían un poco a la atmósfera casi fúnebre propia del momento.
Por su parte, en la pista Wendy hacía la misma rutina de un modo tan apático que me causaba náuseas y deseos de cerrar el lugar para siempre justo en ese maldito momento.
Me daba repugnancia ser parte de aquel desabrido show y la depresión de apoco se fue apoderando de mí. Fui por una botella de whisky para luego encerrarme en mi oficina, que no era más que un pequeño y maloliente cuarto con escritorio y silla donde aprovechaba para emborracharme y tirarme a toda empleada que estuviera dispuesta.

Cerré la puerta, cerré los ojos, la botella hizo el resto. Tres vasos después unos fuertes toquidos me despertaron, era Ramón, gorilón del rumbo que desde hacía tres meses era el flamante jefe de seguridad del Chidongongo.

-Patrón, hay un borracho allá afuera. Está necio con que quiere entrar y por más que le decimos que no, no entiende. Ya se está poniendo agresivo y dudamos mucho que traiga para pagar. ¿Le damos una calentada o le llamamos al a patrulla y que se lo lleve?

Me quedé en trance mirando fijamente la botella de whisky. Luego comencé a pensar que entre el sujeto de allá afuera y yo no había gran diferencia: ambos somos tan sólo unos borrachos miserables. Podría ser que se invirtieran los papeles: él en mi lugar rodeado de toda esta mierda que tengo alrededor, y yo en el suyo, vagando por las calles y jodiendo a las personas.
A tan poco se resumía tanto...

-¿Patrón? Dígame qué hacemos.-interrumpió abruptamente Ramón.

-Espera, no le hagan nada. Quiero ver al tipo ese.-dije alzando la vista y con todas las intenciones de ponerme en pie.

-Entendido- contestó de mala gana mi empleado. Después salió de la oficina.

Dejé que se adelantara un poco, a decir verdad a mí también me da miedo su corpulencia y todos esos tatuajes en sus brazos y torso, en especial aquel en el que se lee: el barrio jamás olvida; todo ello aunado a la reputación que tenía, ganada a base de puños y sangre.
Al salir pude observar como dos de mis hombres tenían sujetado al borracho, uno en cada brazo, al tiempo que le amenazaban con que sólo aguardaban mi llegada para decidir qué harían con él.

-¡Ya suéltenlo!- exclamó seriamente Ramón.

Sus subordinados le respondieron con una mirada de sorpresa al tiempo que soltaron a la víctima. El hombre alcoholizado se quedó de bruces en el suelo, vestía camisa a cuadros canadiense llena de mugre por donde se le viera, acompañada de unos pantalones rotos de la entrepierna; a pesar de la distancia que manteníamos pude percibir su picante olor a sudor y orina y ron.
En cuanto pudo levantar la vista fue que logramos reconocernos, se trataba de Caifás, uno de mis mejores amigos en la juventud; nos gustaba soñar juntos. Era uno de esos izquierdistas radicales, artista; pintor de profesión. Hacía ya quince años que no sabía de él.