En el mensaje por celular le dije a mi novia que estaba por cenar: era cierto, no lo podría engañar así. Tenía hambre pero no se me antojaba nada. Bajé a la cocina y comencé a caminar, más pensando en otras cosas que en lo que me iba a devorar esta noche. Soy un maldito indeciso: contemplo con antelación los hechos, imagino sus consecuencias. Después de circunnavegar la mesa en más de siete ocasiones decidí abrir el refrigerador: cautela, siempre cautela, uno nunca sabe lo que pueda saltar de ahí. En una de las charolitas que se alojan en la puerta hallé un bote de yogur. Los vislumbré apenas unos instantes; poquísimos segundos del encuentro ojo del que escribe- bote de yogur. Cerré la puerta con desilución: era lo de siempre... aunque, pensándolo bien, el yogur no me vendría mal. Ni siquiera porque hace frío y el yogur está jodidamente frío. No. Algo me atrajo al contenido de ese bote blanco de a litro. Sin darme cuenta ya había dado otras tres vueltas a la mesa. Estaba imaginando el yogur. Estaba salivando por su espesor, su sabor dulzón y sus trocitos de fresa (era de fresa). Comencé a calcular cuántos tazones serían suficientes para llenarme (debo aclarar que no comí bien en la tarde). Para la quinta vuelta alrededor de la mesa el yogur ya no era solo la opción más viable, sino una necesidad de mis devoradoras entrañas, una única llave maestra capaz de abrir el portón de mi saciedad. Salivé, salivé más. Luego me convencí que habría que ir por él, abrir el bote, olerlo unos segunditos para después servirlo en uno de esos tazones blancos que tiene mamá. Di unos firmes pasos al refrigerador, conciente de que si abría la puerta, era con el fin principal de sacar ese bote de plástico. Lo saqué. Lo puse sobre la mesea. Le encajé los dedos a la tapa y, de a poco, lo fui abriendo. Me extrañó que el olor que se desprendía no era propio del yogur; era picante y salado. No me detuve, continué con lo mío con la tapa. Fue terrible descubrir que aquello que pensaba era yogur, era otra cosa: una masa roja y caldosa. Chipotles, tal vez... Chipotles, seguramente. Sí, eso: eran chipotles, con muchos ajos y muchas cebollas. Chipotles, tan adobados y tan picantes como solo ellos acostumbran. La decepción fue enorme: ¿ahora qué mierda hacer con tanta saliva? Tendré que hablar con mi madre para que ponga los chipotles en botes de chipotles; y, si no los hay, que no los haga. Los botes de yogur siempre deben contener yogur ¿O qué a caso yo visto bragas y sostén?
| Nunca se sabe... |

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