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sábado, 18 de julio de 2009

La Silla del Águila.

La Silla del Águila, de Carlos Fuentes; es una novela que nos transporta al hipotético 2020, en una situación en la que México no apoya ante un órgano internacional a los Estados Unidos para intervenir en Colombia, y los gringos como represalia, deciden tirar las telecomunicaciones para los mexicanos.
La historia se enfoca en la clase política mexicana de ese entonces, que trás las acciones estadounidenses, su único modo de comunicarse está en las cartas (...!sí, ésas! como las de antes... las de papel... de las que ya no escribimos). Así pues, se desarrollan conspiraciones, enamoramientos y enredos en un círculo ajeno a la mayoría de los mexicanos, que hacen parecen a la historia algo más real que ficticio.
El libro no está mencionado en este blog sólo por llenar un espacio. Escribo sobre él debido a que se convirtió en un de mis favoritos. Si bien es cierto que llegó a mis manos, un poco a la fuerza por tener que leerlo para hacer un trabajo escolar, también es verdad que la trama me atrapó y me pusó a reflexionar ampliamente.
Ese trabajo escolar era un ensayo del libro, pero no sobre una crítica literaria, sino un ensayo basado en la reflexión que el texto nos deja sobre el entorno social actual, en especial, el político.
A pesar de mi gusto por escribir ensayos, mi primer traba fue que éste tenía que tratar de política. La política me interesa, la leo; pero no me siento lo suficientemente preparado para hablar de ella y sustentar alguna idea expuesta.
Sin embargo, trás darle vueltas al asunto e intentando ser objetivo, sútil y contundente a la vez; pude realizar por fin mi ensayo, cuyo resultado final fue de todo mi agrado. Tocando temas como mi personal presepción del sistema político mexicano: sus normas, fenómenos como el presidencialismo o la partidocracia, el papel que juegan los medios dentro de él y la corrupción que hay en éste.
A continación, comparto el breve ensayo en este espacio.
El eterno sistema político mexicano.

El sistema político mexicano, desde tiempos remotos, ha estado ligado fuertemente con un hecho que como sociedad nos consterna pero que, sin embargo, hemos aprendido a convivir con ella en el día a día: la corrupción.
Para concebir dicho sistema, podríamos imaginar una maquinaria que funciona mediante engranajes. Unos de mayor tamaño, representando a los más poderosos, otros de menor tamaño en representación de los que no poseen tanto poder, pero que sin estos engranajes menores la maquinaria no funcionaría correctamente. La política misma se encarga de mover los engranajes y éstos a su vez son lubricados por la corrupción. Cabe señalar que la corrupción no es algo exclusivo de nuestro sistema político, también se presenta en otras naciones, sólo que nuestra idiosincrasia local permite que la corrupción normalmente sobresalga: “La diferencia con México es que en Europa o Estados Unidos se castiga y en América Latina se premia o se pasa por alto”. (1)

Existen definiciones diversas sobre la política, y en algunas de ellas se tiene la similitud de que es considerada como un arte. Como todo arte, posee una parte teórica y una práctica. Para ser un político trascendente, se debe aprender la política desde adentro de ésta misma, la práctica conlleva a la teoría. La teoría no se encuentra establecida en libro alguno, sino que son dogmas no escritos que el sistema, mediante el desarrollo de la práctica, ha establecido. El político exitoso aprende a usar a su conveniencia este conjunto de normas y reglas que impone el sistema, y con ello reconoce y acepta la supremacía de éste. El político que no acepta al sistema, hace política desde las sombras, donde nadie lo ve y, al no ser visto, prácticamente no existe.
Las corrientes ideológicas van modificando y renovando al sistema, pero aunque el sistema adquiera fines distintos, su modus operandi seguirá siendo el mismo.

Como se estableció en un principio, el asunto de la corrupción actualmente puede ser una moda entre los medios masivos, pero su existencia no es nueva; ha funcionado como una mano invisible que se ha encargado de protagonizar, ahí desde la penumbra, memorables pasajes de la historia de México. “Si desde la Colonia española se hablaba en Madrid del “unto mexicano”, es decir la mordida, la corrupción, la coima, la transa, como curso legal de “las influencias”.” (2)
Podría asegurarse que la corrupción ha pasado ya a formar parte de nuestra cultura.

Los políticos que entran al sistema únicamente buscan la obtención del poder en todos los aspectos, ya sea mediante influencias o por cargos públicos. Los que tienen acceso a cargos públicos se encargan de seguir los cánones políticos establecidos por el sistema, dejando de lado la parte de ser servidores públicos y brindar un servicio al pueblo.

Quizás el sueño oculto de todo político mexicano sea el de llegar a la presidencia. El cargo representa la soberbia culminación de una ambiciosa carrera política, el presidente que inicia su cargo sabe que durante seis años será poseedor de todo el poder de un país, aunque el costo sea alto e implique el retiro de la vida política de manera permanente (reglas no escritas del sistema): “Tenemos dos reglas de oro para la política mexicana. Una es benigna: la no-reelección. Otra es más severa: el exilio. Pero la razón es la misma: todo malhechor es reincidente…". (3)
La victoria de ser Presidente desemboca fatalmente en la derrota de ser expresidente. (4)

Pero el ocupar la silla presidencial no es sólo una ambición sin razón de ser. México se rige por un modelo republicano democrático, mediante el cual se presenta la división de poderes por parte del estado: ejecutivo, legislativo y judicial. Existen teóricos que afirman que el poder más importante debe ser el legislativo, ya que de modo alguno representa a la población en general y se encarga de elaborar las leyes que regirán a la sociedad. Sin embargo en México se ha presentado el fenómeno del presidencialismo.
De este modo, el presidente muy bien puede compararse con los antiguos tlatoanis aztecas, siendo el centro del poder político durante su monarquía sexenal. Este fenómeno responde principalmente a las dictaduras a las que ha estado sometido el país, sobre todo a la que surgió después de la Revolución (irónicamente revolución contra una dictadura) y que estuvo a cargo no de un solo personaje, sino de una institución; que aparentemente estaba acabada y que actualmente parece resurgir no por sí misma, sino por los errores que han cometido sus rivales.

El PRI fue la válvula reguladora de todo lo que ocurría país durante más de medio siglo. Se encargó de albergar en sus filas a todos los diversos sectores de la sociedad (tan severamente fragmentada tras la Revolución) y de generar acuerdos superfluos que llevaban engañosamente a un estado con una forzada, pero a la vez anhelada por parte del pueblo, gobernabilidad.
Todo lo controlaba el PRI. El que quería hacer política debía hacerla desde las filas del PRI, el que no accedía era minimizado o hasta eliminado. Los medios de comunicación estaban también bajo el yugo de la gran institución. Incluso la oposición era regulada por el PRI, éste se encargaba de darle los espacios para desempeñarse y permitir su existencia sin que ésta amenazara el poder del gran partido. “La dictablanda del PRI era suavizada por un cierto margen de tolerancia hacia las élites mexicanas, sus críticas, burlas y opiniones generalmente poco informadas. Poetas, novelistas, uno que otro periodista, los caricaturistas, nuestros inefables muralistas, podían decir y dibujar más o menos lo que quisieran. Eran críticas de la élite intelectual a la élite gubernamental”. (5)

El PRI se encargó también de llenar el vacío que dejó la desunificación en el país posterior a la Revolución, mediante una figura fuerte, con poder basto y excesivo, pero a la vez que no pareciera tan autoritario y que actuara como si el país viviese bajo un verdadero sistema democrático: el presidente de la república.
Éste era un hombre que, naturalmente, obedecía y no ponía en entredicho los intereses de su partido, con una gran credibilidad y confianza por parte de sus gobernados, impávido y sagaz tanto en su imagen como en su accionar, para tomar por sí sólo las decisiones más importantes de todo un país; que a su vez dotaba de poder a quienes verdaderamente gobernaban en la práctica del día a día: líderes sindicales, caciques locales, etc. “…¿qué tal los gobernadores, los alcaldillos, los militares de provincia, las fuerzas policiales en general y hasta los pinches aduaneros? Toda una caterva de poderes locales… que actuaban con impunidad corrupta y caprichosa. Sólo los corruptos eran libres. Creamos una cultura de la ilegalidad, hasta cuando el Presidente obraba legalmente o lanzaba “cruzadas morales”. (6)
Tal vez de esta situación, surja otra regla no escrita de la política nacional: “Es un error creer que el Presidente sólo domina a los débiles. Lo más necesario pero lo más difícil es dominar a los poderosos.” (7)

Toda esta impresionante muestra de poder es la que movía las ambiciones de cualquier político para llegar a la Silla del Águila.

Sin embargo la misma ambición que llevó al PRI a crear una dictadura, fue la que lo llevó a perder el poder, y no haciendo referencia en la presidencia de la república, sino en esos pequeños regímenes locales, esas piezas pequeñas del engranaje que, como dijimos, son las encargadas de gobernar en la práctica.
Hoy en día, aquella imagen del presidente-tlatoani no existe más. Al frente del ejecutivo, encontramos a un hombre de aspecto temeroso, que sus decisiones parecen provenir no de su autoridad, sino de intereses de cualquier otro individuo.
Esa falta de fuerza por parte de su gobierno, radica desde el momento mismo que salió electo. “Un gobernante puede ser bueno o malo, pero siempre necesita ser legítimo. O ser visto como tal.” (8) Uno de los grandes problemas políticos del actual mandatario es su controversial legitimidad, no porque anteriormente no haya habido procesos electorales turbios; sino porque por circunstancias o por incapacidad propia, no ha podido sobreponerse a la falta de credibilidad sobre la legitimidad de su elección, como lo han hecho mandatarios anteriores. Quizás la gran cuestión aquí sea: si el mandatario no ha sabido utilizar la política a su favor para salir avante de la sospecha sobre su legitimidad ¿cómo habrá de tratar y resolver los demás temas políticos del país? Definitivamente no existe la certeza de que el sujeto que está en la Silla del Águila sea alguien lo suficientemente preparado para resolver de manera inteligente los problemas que aquejan al país.

Todo lo expuesto con anterioridad se lleva a cabo en el marco de un pueblo ignorante, que sabe lo que quiere más no lo que necesita, y mucho menos conoce cómo llevar a cabo sus demandas; y que ante la desesperanza de no recibir beneficios, cae en un impasible y abúlico letargo; generado a conveniencia por el mismo sistema gobernante. Frente a esta situación la sociedad ha tomado una postura aparentemente cómoda: “Los mexicanos acostumbran culpar de todo al “sistema”, sea cual este sea. Jamás se culpan a sí mismos como personas o como ciudadanos.” (9)
Sin embargo, a casi cien años de la gran renovación en el sistema político mexicano, la Revolución Mexicana, diversos fenómenos convergen para que éste y la sociedad aparenten estar nuevamente al borde del colapso. La sociedad mexicana no tiene memoria y de seguir así, en un tiempo será inminente la aparición de otro movimiento radical que busque impactar y hacer una limpia en lo más profundo de lo sistema gobernante.

Para finalizar, habría que ser conscientes e insistir que, los mexicanos gobernantes quizás no sean tan distintos a nosotros, los mexicanos gobernados: “Lo que sucede es que la luz del poder es tan poderosa que revela lo que realmente éramos desde siempre y ocultábamos en la sombra de la impotencia.” (10)
Mientras la renovación no se lleve a cabo desde la educación en los nuevos mexicanos, los que recién llegan al mundo y carecen de vicios; cualquier intento de revolución (armada o no), será inútil para conseguir notables mejoras en la vida de los mexicanos.

(1) La Silla del Águila. Carlos Fuentes; Alfaguara 2006. p.184
(2) Ibidem.p.61
(3) Ibidem. p. 88
(4) Ibidem. p. 93
(5) Ibidem. p. 61
(6) Ibidem.. p.61
(7) Ibidem. p.88
(8) Ibidem. p.277
(9) Ibidem. p.183
(1o) Ibidem. p.318

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